La incómoda voz de un profeta. In memoriam Alexander Solzhenitzyn (1918-2008).

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Por Germán Masserdotti (@GermanMasser) para La Prensa

Afirma Hilaire Belloc en La crisis de nuestra civilización que “no se dice una verdad histórica cuando se cita pura y simplemente un hecho conocido, ni siquiera cuando se cita cierto número de hechos dentro de un orden correspondiente a la verdad. Sólo puede expresarse la verdad con precisión cuando se citan los hechos conocidos teniendo en cuenta la jerarquía de los valores”.

Si dijéramos, entonces, que Alexander Solzhenitzyn nació el 11 de diciembre de 1918 en Kilosvodsk y que murió el 3 de agosto de 2008 en Moscú diríamos verdades, sí, pero parciales, porque estaríamos omitiendo una verdad esencial: Solzhenitzyn es una marca registrada de integridad moral y espiritual en tiempos de violencia, de indiferencia, de cosmopolitismo y de secularismo.

“Yo puedo decirles lo siguiente: sé muy bien cuál es mi misión. Mi obligación es sentarme todos los días ante unas cuartillas blancas y escribir mis libros. Estoy convencido de que es mi deber aportar mi grano de arena para hallar la solución de unos problemas enormes, para salir del callejón en el que nos encontramos, mediante una aportación literaria”. Solzhenitzyn pronunció estas palabras el 10 de mayo de 1975 en una conferencia de prensa en París.

Entonces todavía existía la conocida “Guerra Fría” entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. “Es mi deber trabajar no sólo para mi satisfacción -agregó-, no sólo siguiendo mi vocación de novelista, pensando no sólo en mi obra literaria, sino en los que murieron y yo conocí y en aquellos otros muchos que cayeron estando yo a su lado. Nunca me hubiera ocupado de estas cosas pero los muertos se levantan una y otra vez ante mí”. 

“Debo decir, en primer término, que soy un escritor ruso. Mi suerte, mi destino, están vinculados a mi patria, a mi pueblo. De otro lado, soy un escritor del siglo XX, del nuestro”, sostuvo el 11 de abril de 1975 en una entrevista en la televisión francesa.

Exiliado en 1974 de su patria, Solzhenitzyn buscó toda su vida “regresar a Rusia”. “Siento continuamente que deseo y debo regresar a Rusia”, expresó el 12 de diciembre de 1974 en una conferencia de prensa en Estocolmo.

Cuando el periodista Walter Cronkite, de la CBS, le preguntó el 17 de junio de 1974 en qué estaba trabajando en ese momento, Solzhenitzyn le respondió: “Verá, no sólo ahora, sino durante toda mi vida, he trabajado en una sola cosa: en escribir la historia de la revolución rusa. Desde 1936 trabajo en lo mismo”. En ese tiempo el patriota ruso contaba con 18 años.

Mediante libros como su elocuentísimo Archipiélago Gulag, Un día en la vida de Iván Denisovich -por ella ganó el Premio Nobel de Literatura en 1970-, La casa de Matriona, El primer círculo, Pabellón de cáncer, entre otros, fue un denunciador constante e inteligente del comunismo y no solamente en su patria sino también en el orden internacional.

“El comunismo es un tosco intento de explicar la sociedad y el hombre -explicó el 9 de julio de 1975 a un grupo de trabajadores de Estados Unidos-. Es como si el cirujano utilizase el hacha del carnicero para realizar su delicada operación. Lo más sutil de la psicología humana y de la organización de la sociedad -un organismo incluso más complejo- lo reduce a un burdo proceso económico. La creación ÇhombreÈ la circunscribe a la materia. Es característico que, al estar tan falto de argumentos frente a sus oponentes, allí en los países comunistas, el comunismo no puede oponer absolutamente nada. Como no tiene juicios echa mano del garrote, de la cárcel, de los campos de concentración y de los hospitales psiquiátricos”.

Observador histórico perspicaz, señaló, en una conferencia de prensa en Estocolmo el 12 de diciembre de 1974, que “entre la revolución francesa y la revolución de Octubre existe la profunda semejanza de que ambas son ideológicas: no asesinaban simplemente sino sobre la base de la ideología”.

En más de una ocasión previno sobre el engaño de la “distensión” o détente entre la Unión Soviética y los Estados Unidos durante la “Guerra Fría”. ƒl había conocido “el vientre del dragón”. “El mundo no es analfabeto, en Occidente todos o casi todos saben leer. Sin embargo, es como si nadie quisiera comprenderlo. La humanidad se comporta como si no quisiera hacerse cargo de lo que es el comunismo. Como si no quisiera entender. Como si fuese incapaz de comprenderlo”, sostuvo el 9 de julio de 1975 en Nueva York ante otros trabajadores de Estados Unidos.

“Nuestro camino es: ¡no apoyar conscientemente la mentira en nada! Al tener conciencia de la demarcación de la mentira (cada cual la ve de distinto modo), ¡retrocedamos de la divisoria gangrenosa! No hay que encolar huesecillos muertos y escamas a la Ideología. No hay que remendar los podridos harapos. Nos asombrará entonces la rapidez e impotencia con que la mentira se desplomará. Lo que tiene que estar desnudo, comparecerá desnudo ante el mundo”, afirmó el 18 de febrero de 1974 en “¡Rechacemos la mentira!”.

“No son las dificultades del conocimiento lo que trastorna a Occidente sino el no querer saber; la preferencia emocional de lo agradable frente a lo severo… el cobarde autoengaño de sociedades y gentes que viven en la prosperidad y que han perdido la voluntad de autolimitación, del sacrificio y de la firmeza”, señaló en el 5 de septiembre de 1973 en “La paz y la violencia”.

“El mundo occidental ha perdido la conciencia y ya no tiene vergüenza. Estar saciado y, pese a todo, seguir luchando para obtener más y más. ¿No es horrible?”, comentó el 11 de abril de 1975 en una entrevista en la televisión francesa.

No obstante ser crítico de Occidente en la actualidad, también fue capaz de prescribir la cura para el declinar del coraje: “No queda en la tierra otra salida que la de orientarse siempre hacia arriba”, aseveró en “El suicidio de Occidente”, el famoso discurso que pronunció el 8 de junio de 1978 en la Universidad de Harvard. 

Palabras de un profeta que recuerdan a Elías, a Isaías y a Jeremías.