Frances Erskine Inglis: una sobrina de Manuel Belgrano

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Por Roberto Elissalde para La Prensa

Hace más de 40 años el académico don Guillermo Gallardo pronunció una conferencia en el Instituto Popular de Conferencias titulada Un porteño ministro de Estado en Madrid: don Ángel María Calderón de la Barca y Belgrano. Lamentablemente esa disertación no se publicó, y ya nos referiremos a este personaje nacido Buenos Aires en 1790, hijo de don José María y de María Josefa Belgrano, que dejó su ciudad natal en 1807 para estudiar en España, de donde no regresó jamás a esta tierra que lo viera nacer; desempeñándose en la diplomacia.

Vale recordar la figura de Frances Erskine Inglis, su segunda esposa con la que casó en 1838. Había nacido en Edimburgo, Escocia el 23 de enero de 1806, hija de William Inglis, descendiente de los condes de Buchan y nieto del coronel Gardiner, un abogado que se fundió al salir de fiador a un noble escocés, que se declaró insolvente. Para no ir a la cárcel, pasó a Francia, radicándose en Normandía donde murió. La viuda, con sus ocho hijos (tres varones y cinco mujeres se trasladaron a Boston, donde abrieron un colegio para señoritas, que luego instalaron en Staten Island y Baltimore. La joven Francis adquirió una excelente educación, junto a su madre y al tiempo fue una más entre los docentes de la escuela que, si bien les permitía económicamente vivir con cierta holgura, por el nivel de enseñanza les dieron relaciones por demás influyentes en el ámbito local.

Entre estos amigos se encontraban George Tricknor un historiador, traductor e hispanista y bibliófilo estadounidense, que poseía una magnifica de libros antiguos españoles que donó a la Universidad de Harvard, pero al no aceptarla ésta donó a la Biblioteca Pública de Boston. Otro amigo era el historiador William H. Prescott, que finalizaba por ese tiempo su “Historia de los Reyes Católicos”, que contaba con la colaboración de Ángel Calderón de la Barca y Belgrano, por entonces ministro plenipotenciario de España en Washington. 

Fue en la casa de Prescott donde se conocieron a comienzos de 1838 y se casaron el 24 de setiembre de ese año, en una ceremonia sencilla dada la disparidad de cultos de los contrayentes. Él era católico y ella protestante, aunque Frances años más tarde habría de convertirse a la religión de su marido. Los comentarios de algunos contemporáneos se refieren a ella como una mujer de exquisito trato e inmensa cultura, emparentada por su madre por lord Erskine, ministro de Su Majestad Británica en Baviera.

Al año siguiente don Ángel con el mismo rango fue trasladado a México, en virtud del Tratado de Paz y Amistad firmado entre ambos países, reconociendo la Independencia de la tierra azteca. Como primer representante de España embarcó con su mujer en el vapor “Norma” en Nueva York con destino La Habana y de allí en el “Jasón” a Veracruz, adonde llegaron el 19 de diciembre de 1839. Apenas llegó a tierra el matrimonio fue agasajado con una corrida de toros como signo de cordial bienvenida popular.

Alejada de su madre y hermanas a las que, los avatares de la vida habían unido con un fuerte lazo, Frances decidió escribirles unas cartas comentándoles su vida cotidiana en México, sus impresiones sobre distintos personajes y la realidad de ese tiempo. Sus dotes literarias la llevaron a compilarlas y publicarlas al mismo tiempo en Boston y en Londres en 1843 con el título Life in México con prólogo de Prescott. Ese libro mereció este comentario del intelectual catalán Felipe Teixidor Benach, nacionalizado mexicano, que escribió su biografía: “El mejor que jamás haya escrito un extranjero sobre México”.

Así describe esas viejas casas de los alrededores de la capital: “dan una impresión indescriptible de soledad, vastedad y desolación, como jamás la había yo sentido, ni aun en las moradas más solitarias de otras tierras. No es tristeza; el cielo es demasiado brillante y el paisaje demasiado risueño, y el aire que se respira demasiado puro, para consentirla. Es la sensación de hallarse enteramente fuera de este mundo; es el percatarse de que nos encontramos solos ante una naturaleza gigantesca, y de que nos envuelven las nebulosas tradiciones de una raza que fue”. Los retratos del presidente Guadalupe Victoria o del general Antonio López de Santa Anna, los distintos paisajes, la animación de sus calles y los mercados de los indígenas, las comidas, las fiestas religiosas, las modas, los bailes, los recibos, todo pasa como una vista cinematográfica, y ni decir que la descripción de las corridas de toros y las charreadas, fiestas de los charros, donde nos enteramos que los mariachis ya existían como grupos musicales que tocaban en las iglesias y son anteriores a los tiempos de Maximiliano.

En España

En 1842 los esposos abandonaron México y después de una estadía con la familia de Frances en Boston regresaron a España al año siguiente. Se instalaron en su piso madrileño de la plaza de Santa María, donde don Ángel vive los avatares de la política, ya que un cambio de gobierno lo deja cesante, fue miembro de la Junta Consultiva del ministerio del Estado a fines de 1843, y volvió a los Estados Unidos como plenipotenciario ante el presidente John Tyler en agosto de 1844. Mientras tanto era reconocido con otras distinciones y permaneció el matrimonio durante nueve años en el país del Norte hasta que en junio de 1853 fue nombrado ministro de Estado. 

Las presiones políticas lo llevaron a renunciar y sufrió la persecución, llegando a ocultarse en la Legación de Austria, para poder abandonar Madrid para seguir a Francia, donde se dedicó a las traducciones. Frances todas estas desventuras las publicó en un libro anónimo titulado “Attaché in Madrid” que es supuestamente el diario de un diplomático alemán, en el que recoge sus experiencias en este período.

En 1858 volvieron a España y se instalaron en Zaráuz, Guipúzcoa, donde ambos se ocuparon del jardín, para el que pedían a su hermano Francisco de Paula Calderón semillas de plantas nativas de Buenos Aires. Don Ángel falleció en San Sebastián el 31 de mayo de 1861.

A su muerte, Frances quedó en una difícil situación económica, ya que el banco de los Estados Unidos en los que don Ángel depositara todos sus ahorros quebró. La Reina Isabel le ofreció el puesto de institutriz de la infanta Isabel de Borbón, la misma que visitara Buenos Aires en las fiestas del centenario de Mayo, gesta de la cuál el tío de su marido había sido uno de los gestores.

Dispuesta a profesar como religiosa, y se había instalado en un convento en Anglet, en las Siervas de María, conocidas como hermanas azules, cerca de Biarritz; pero sus asesores espirituales le aconsejaron hacerse cargo de los estudios de la jovencita, lo que hizo. En 1868, acompañó a la familia real al exilio en París y regresó con ella en 1874, viviendo en el Palacio. Tal fue su mérito que en 1877 se le otorgó el título nobiliario de marquesa de Calderón de la Barca. Falleció en el Real Palacio, el 6 de febrero de 1882. 

Esta olvidada mujer, aunque nunca visitó nuestro país, por su matrimonio nos une al Reino Unido, México y España, y sin duda la suya es una vida tan plena que merece recordarse.