Ezequiel P. Paz, a 150 años de su nacimiento

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Por Roberto L. Elissalde para La Prensa

El 21 de abril se cumplió el sesquicentenario del nacimiento de Ezequiel P. Paz en la ciudad de San Fernando, donde la familia había ido a buscar refugio en tiempos de la epidemia de fiebre amarilla; hijo del fundador de este diario José C. Paz y de Zelmira Díaz Gallardo.

De pequeño el aroma de la tinta, la labor de los tipógrafos e impresores y la presencia de defensores de los grandes ideales, fueron el escenario frecuente en la primera sede de la calle Moreno, en la Manzana de las Luces, que este año celebra el bicentenario de ese nombre y que quizás fu su inspiración para la famosa farola que señala un rumbo.

Bien joven fue periodista, participaba de la redacción y apuntaba claramente la vocación y la contracción al trabajo. No gozaba de las supuestas prebendas del hijo del director propietario, sino que en la escuela del deber en que se había formado, él mismo representaba la disciplina y el orden. Era el comienzo del siglo XX y con 39 años el 4 de mayo de 1900 asumió la dirección que dejaba su padre instalado en París, cargo que desempeñó a lo largo de cuarenta y tres años.

Múltiple fue el trabajo realizado, el histórico edificio de la Avenida de Mayo, la instalación de los más modernos talleres dotados con los más modernos elementos de entonces para la impresión, y todo aquello que para entonces era un adelanto en todo sentido. Memorables fueron los discursos de los 18 de octubre aniversario de la fundación de La Prensa, uno de los párrafos del de 1925 fue adoptado al año siguiente como Código del Periodismo por el Primer Congreso Panamericano de Periodistas y en 1950 la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en su Sexta Asamblea General lo afirmó como su credo. El mismo finalizaba con esta cita del fundador de la primer escuela de periodismo en el el mundo, el reconocido publicista norteamericano Walter Williams: “Nadie puede escribir como periodista lo que no puede decir como caballero”, que fue su pensamiento rector. 

Casado con Celina Zaldarriaga, matrimonio que no tuvo descendencia. No fue un hombre de intensa vida social, al contrario pero era amigo de las tertulias que lo alejaban del trajín cotidiano. Su nombre, el alto prestigio del diario que lo había llevado al primer lugar en el país, hizo que un grupo de caballeros propiciaron su candidatura a la Presidencia de la Nación, acompañados por un amplio sector ciudadano. Cuando se acercaron a transmitirle el ofrecimiento con estas palabras sencillas pero memorables declinó el honor: “Desde la dirección de La Prensa puedo hacer todo el bien que soy capaz a favor del país”.

En permanente contacto con su padre su espíritu generoso no dejaba de recomendarle personas modestas que necesitaban el apoyo en París. Un caso concreto el del después reconocido jurista lituano Daniel Antokoletz a quien conocía superficialmente de una visita con una delegación de estudiantes, quien recordó años después que don José lo invitó a almorzar en el Grand Hotel donde residía frente a la Opera: “El fundador de La Prensa me trató como un verdadero señor, como uno de los caballeros de que hablan las leyendas. Toda su personalidad irradiaba sentimientos nobles, gran ilustración, espíritu superior”. 

Heredero de ese señorío don Ezequiel canalizó con obras positivas de hondo contenido social, olvidado e ignorado por los que lo hacen con el dinero de todos, cuando él lo hacía con el suyo propio. Así nacieron la Biblioteca Pública recreada en estas páginas por Carlos M. Romero Sosa, el Instituto Popular de Conferencias, y los consultorios públicos gratuitos: el médico con los más afamados especialistas y el jurídico en el que el mencionado Antokoletz hizo sus primeras experiencias profesionales. De ese modo La Prensa, no sólo fue un diario sino un acabado testimonio de servicios sociales.

EL RETIRO

El 19 de marzo de 1943 resignó la dirección en su sobrino el doctor Alberto Gainza Paz, hijo de su hermana Zelmira. De aquella humilde hoja diaria fundada por su padre que bien podemos llamar casi su hermana apenas dos años menor, como don Vicente Fidel López decía ser hermano del Himno; como se dijo hace medio siglo en su semblanza hizo honor a “sus deberes directivos y afrontó problemas nuevos, planteados por la evolución del país, por las transformaciones del periodismo mundial y por la definitiva equidistancia que el diario debía ratificar frente a los intereses políticos en pugna”.
Vivió en el magnífico Palacio del Retiro que su padre había mandado a construir y que no pudo inaugurar desde 1914 a 1938, ocupando una de las alas del mismo y la otra su hermana Zelmira Paz de Gainza con sus hijos. Falleció en Buenos Aires el 25 de marzo de 1953, cuando el diario había sido confiscado a sus legítimos propietarios. 

Cuando el 3 de febrero de 1956 reapareció después de cinco años de silencio, el diario afirmó: 

“Volvemos a nuestra casa después de haber sido escalada ante el estupor y lo primero que hallamos en ella plasmado es el espíritu en vivencia de don Ezequiel P. Paz. Con su habitual celeridad mental y física, dijérase que nos ha tomado la delantera para reanudar con sus colaboradores hechura ideológica suya el diálogo que mantuvo por cuarenta y cinco años. Está en donde siempre, en el lugar de mayor peligro y responsabilidad, el heredero de la antorcha que por primera vez encendió el doctor José C. Paz. Acercarse al hijo es como aproximarse al padre, tan profunda y acendrada es la similitud en el diario periodístico, en el perfil del recio carácter y en el estilo de vida adusta”.

Cosa que habría de continuar en la zaga familiar de su sobrino Alberto y del hijo de éste Máximo que no dudó en decir su verdad en el Tribunal que juzgaba tiempos recientes y difíciles para la República. Una zaga familiar digna de recordarse.

Como bien se señaló: “Apartado de toda solicitación extraña a la custodia del bien público, entendido como su tradición republicana se lo dictaba”, puso en ello “su fervor sereno e inalterable, que lo hizo partícipe de acontecimientos colectivos, a despecho de la reserva con que se sustría a toda ocasión de lucimiento propio, e influyó positivamene en la vida del país desde su posición de vigía de las instituciones. Pocos han desempeñado tan largo y fecundo magisterio. Ninguno con menor ostentación y con temple más seguro. Su ejemplo es un honor del periodismo y del civismo nacionales”.

Hemos dejado pasar unos días del aniversario, hasta por algo de pudor; pero nadie lo ha recordado, por ello como se dijo en su centenario recordaremos su: “firmeza en la defensa del libre ejercicio, la autoridad para enfrentar sin vacilación los compromisos de la independencia de criterio frente a los poderes legítimos e ilegítimos, la indeclinable fidelidad a los bien entendidos intereses nacionales, el desdén por las reacciones del sectarismo”, que tienen su fuente en las enseñanzas que dignificó con su conducta al periodismo argentino.

Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta, un grupo escultorico realizado por el artista francés Félix Coutan, realizado en mármol sobre granito negro, destacan la blancura de dos ángeles ascendentes, y otros que flanquean la puerta lateral. Magnífico simbolismo a quienes allí descansan que alcanzaron alturas excepcionales en la historia de La Prensa, en su poco más de siglo y media de existencia.

Roberto L. Elissalde es historiador y Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.