La cultura de la vida vs. la “cultura de la muerte”

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Por Germán Masserdotti para La Prensa

Una lectora amiga nos ha dicho, y con razón, que nuestra última nota (“Aborto y eutanasia. Dos fracasos de la democracia argentina”) podía generar cierta desesperanza ante el panorama desolador de la calidad democrática de la Argentina en lo referido al cuidado y defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. Aceptando sus sugerencias, en esta oportunidad buscaremos ser más propositivos que denunciadores.­

En este sentido, un buen modelo es el que ofrece san Juan Pablo II en la Carta Encíclica Evangelium vitae. Por cierto, el papa Wojtyla formula una visión crítica sobre la situación de la vida social contemporánea a la que termina identificando con la denominada por él mismo “cultura de la muerte”. Con todo, en el Capítulo IV – A mí lo hicisteis. Por una nueva cultura de la vida humana, señala algunas propuestas concretas para el restablecimiento de la “cultura de la vida” de acuerdo a la Doctrina Social de la Iglesia.­

Luego de recordar que el Evangelio de la vida resulta ser “parte integrante del Evangelio que es Jesucristo”(EV, 78), de encuadrar la propuestas en la misión evangelizadora de la Iglesia y de afirmar que“estar al servicio de la vida no es para nosotros una vanagloria, sino un deber” (EV, 79), que “se trata de señalar todas las consecuencias de este mismo Evangelio, que se pueden resumir así: la vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable, y por esto, en particular, son absolutamente inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; la vida del hombre no sólo no debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo cuidado amoroso; la vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado, en cuyo horizonte hallan su plena verdad la sexualidad y la procreación humana; en este amor incluso el sufrimiento y la muerte tienen un sentido y, aun permaneciendo el misterio que los envuelve, pueden llegar a ser acontecimientos de salvación; el respeto de la vida exige que la ciencia y la técnica estén siempre ordenadas al hombre y a su desarrollo integral; toda la sociedad debe respetar, defender y promover la dignidad de cada persona humana, en todo momento y condición de su vida”. San Juan Pablo II se dirige a los diversos protagonistas de la social y cultural contemporánea. ­

Resumidamente, apuntaremos algunas de sus propuestas.­

­SENTIDO DEL AMOR­

“Respecto a los inicios de la vida -destaca san Juan Pablo II-, los centros de métodos naturales de regulación de la fertilidad han de ser promovidos como una valiosa ayuda para la paternidad y maternidad responsables, en la que cada persona, comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por sí misma, y cada decisión es animada y guiada por el criterio de la entrega sincera de sí. También los consultorios matrimoniales y familiares, mediante su acción específica de consulta y prevención, desarrollada a la luz de una antropología coherente con la visión cristiana de la persona, de la pareja y de la sexualidad, constituyen un servicio precioso para profundizar en el sentido del amor y de la vida y para sostener y acompañar cada familia en su misión como `santuario de la vida’. Al servicio de la vida naciente están también los centros de ayuda a la vida y las casas o centros de acogida de la vida. Gracias a su labor muchas madres solteras y parejas en dificultad hallan razones y convicciones, y encuentran asistencia y apoyo para superar las molestias y miedos de acoger una vida naciente o recién dada a luz”.­

­ALGUNAS INSTITUCIONES­

Si tuviéramos que destacar algunas instituciones que responden a esta llamada de san Juan Pablo II en favor de la “cultura de la vida”, podríamos mencionar, entre tantas instituciones que desarrollar su actividad en la Argentina, al Instituto para el Matrimonio y la Familia de la Universidad Católica Argentina, Grávida y Cuidando vidas. Vaya nuestro justo reconocimiento, entonces, a estas instituciones y a tantas otras que podríamos mencionar que, día a día, libran el buen combate de la promoción y defensa de la vida humana de modo desinteresado y cumpliendo la necesaria y entusiasmante tarea de (re) evangelizar el mundo desde su posición privilegiada por ubicarse en la primera fila en favor del Evangelio de la vida.­

Por último, recordemos que “al anunciar este Evangelio (de la vida) no debemos temer la hostilidad y la impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad que nos conformaría a la mentalidad de este mundo (Rm 12, 2). Debemos estar en el mundo, pero no ser del mundo (Jn 15, 19; 17, 16), con la fuerza que nos viene de Cristo, que con su muerte y resurrección ha vencido el mundo (Jn 16, 33)” (EV, 82)