Cultura común y religión según Roger Scruton: claves para entender nuestro presente

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Por Alejandro A. Domínguez Benavides especial para Revista Argentina Tercera Época

La pandemia del Covid 19 ha asestado y está asestando un golpe mortal a los vestigios de la cultura común; con argucia los gobiernos aprovechan esta situación para imponer una ideología que busca sumir al hombre en la orfandad y en la soledad existencial: prohibiendo el culto a Dios; impidiendo el desarrollo de la sociabilidad; la recreación deportiva; el disfrute de las actividades artísticas y el rito funerario.

Vamos a compartir algunas consideraciones sobre estas cuestiones que Roger Scruton trata desde una perspectiva antropológica. “Los antropólogos -explica-examinan a los pueblos desde el punto de vista externo. Justifican las practicas según baremos que nunca utilizarían las personas en cuanto tales, con su punto de vista interno propio de la pertenencia del grupo” (Scruton, R., Cultura para personas inteligentes, Península, Barcelona, 2001, p.21).

El pensador inglés distingue entre cultura común, noción propia del antropólogo y alta cultura que es una modalidad de excelencia. La cultura común de una tribu es un signo de su cohesión interna.  En nuestra época desaparecen las tribus, formas de una sociedad tradicional. No obstante según  su opinión las costumbres, prácticas, fiestas rituales y creencias  se han licuado y desvaído  como  expresión de  nuestra existencia tendiente al desarraigo. Sin embargo “por encima de los instrumentos y adelantos encaminados al ahorro de trabajo que permiten prescindir en mayor grado de las relaciones con otras personas, los modernos habitantes de la ciudad son seres tan sociales como lo fueran los miembros de la tribu tradicional” (Scruton, R., Cultura…, p.12).

Cultura y religión

La esencia de la cultura común es la religión. Las tribus no mueren porque tienen dioses que fusionan las diversas voluntades en una sola voluntad y exigen y recompensan los sacrificios en que se basa la vida social.  Scruton describe cinco momentos  a)  El valor de la  comunidad: el nosotros se reúne ante el altar donde a través de un acto colectivo se representa y se renueva  la experiencia de pertenecer al grupo; b) la experiencia de corrupción, separación o caída c) ofrecimiento en el altar d) el ritual transforma el  ofrecimiento de un objeto natural en algo sagrado e) el sacrificio se convierte en algo ofrecido desde el altar a la misma persona que se entrega y que la eleva de la corrupción a la pureza, de la separación a la comunión, de la caída a la redención.

Tal modelo afirma Scruton no se aprecia en todas partes, es propio de nuestra tradición. “Puede detectarse en todo el mundo antiguo -en los cultos a Deméter y Perséfone en Eleusis, por ejemplo en el de Diana en Éfeso- y constituye  la experiencia central de la Eucaristía cristiana…La ceremonia se completa en tanto que acto de adoración, y lo adorado se considera como vinculado a ello mediante una intensa implicación personal. El dios es una persona sobrenatural que reside en el santuario donde se le rinde culto y cuya omnipresencia discurre invisible en el mundo natural” (Scruton, R., Cultura…, p.16.).

La sacralidad  de la muerte, el rito funerario como bálsamo

El reino sobrenatural se torna real cuando nos enfrentamos al misterio de la muerte. “Es entonces cuando sabemos que el enigma de la existencia no puede comprenderse con palabras -afirma Scruton-; que las doctrinas de la religión en la medida en que no son más que doctrinas, distan mucho de poder ofrecer una respuesta. Al enfrentarnos ante la muerte nos situamos ante lo vertiginoso, lo insondable, lo inconocible: lo sobre natural en su forma más sobrecogedora. Nos asalta un horror primigenio, un horror a la noche, a lo cerrado, a la nada. El rito religioso disipa este horror al unirnos a la comunidad, no solo aquí  y ahora, sino en la tierra de los muertos” (Scruton, R., Cultura…, p. 18).

Es en ese momento sagrado  el rito funerario : “es un bálsamo – en palabras de Scruton- para la herida de la muerte porque une a la tribu en torno a la experiencia fundamental de la pertenencia. El muerto no se sustrae a la comunidad sino que se convierte en parte permanente de ella, si bien invisible. Lo cual no exige negar la muerte  o creer en la inmortalidad personal: el rito funciona en nivel meramente simbólico, sin el apoyo de estos comentarios reflexivos” (Scruton, R., Cultura…, p. 19). Una cultura común cohesiona a la sociedad, le confiere unidad  a los miembros actuales preocupados por el pasado y  el  porvenir de la comunidad. “La muerte- subraya Scruton- no es algo espantoso, sino el benigno catalizador del orden social, la transición que nos asegura que todos, en su momento nos sumaremos a la comunidad de antepasados y adquiriremos su carácter sagrado y transfigurado” (Scruton, R., Cultura…, p. 20).

Teatro y catarsis

La palabra divertir en tres de sus cuatro acepciones según el diccionario de la Real Academia Española significa entretener, recrear, apartar, desviar, alejar, dirigir la atención del enemigo a otra o a otras partes, para dividir y debilitar su fuerzas. Cualquiera de estas acepciones son esenciales para la vida buena.

“La alta cultura de Atenas  -nos recuerda Scruton- se concentraba en el teatro y en particular en la tragedia. Pero la tragedia era una dramatización y profundización de la experiencia religiosa. Las tragedias eran festividades religiosas y en muchas vemos representado, con variaciones y tintes agónicos, el drama central del culto: el drama del individuo que cae de la gracia debido a una falta sagrada y por tanto es desgajado de su congregación. La catharsis,   según la  definición de Aristóteles, suscitada por la muerte del héroe es de por sí un sentimiento religioso; una impresión de la comunidad restaurada, en que es absorbido de nuevo mediante la muerte y transfiguración, el héroe equivocado. El movimiento de muchas tragedias griegas se comprende mejor en términos del arquetipo religioso del culto, porque este da sentido a la extraña paz que surge de estos asesinatos inevitables” (Scruton, R., Cultura…, p. 29).

Conclusión

El planteo antropológico  ofrecido por el filósofo inglés nos hizo pensar en los peligros que se corren en tiempos de esencialidades excepcionales tan perniciosas para la salud espiritual como el  mismo virus  que  padece el mundo. El aislamiento cultural para preservar el cuerpo es una nueva jugarreta que está planteando el materialismo. En el mundo de lo políticamente correcto el encierro, y la incomunicación se padece en el propio hogar, no es necesario trasladar a las víctimas a un Gulag. Con la excusa de cuidar a la población  se concentra el trabajo forzado en un espacio tradicional de paz y de esparcimiento, de privacidad y de amistad, recinto natural de la familia y se lo convierte en el imperio de las pantallas cuando se dispone de medios económicos y trabajo cuando no, en un aguantadero donde se planean los crímenes más abyectos. “Por último,  -concluimos con Scruton-si uno piensa en la alta cultura de los tiempos modernos no podrá menos que reparar en el tema de la enajenación que atraviesa tantos productos. La literatura, el arte y la música modernos hablan del individuo aislado, de su búsqueda de un hogar y una comunidad o de su caída en la soledad… la alta cultura de nuestra sociedad, tras perder su función mediadora en la religión común, se ha convertido en una meditación acerca de la ausencia. Y alguna de las principales obras de arte de nuestra época son intentos de descubrir una restitución interna y ficticia del yo que tuviera la fuerza redentora del culto la comunidad y el sacramento “ (Scruton R., Cultura, p.29).