Ese primer hombre

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Por Luis Carranza Torres en Luis Carranza Torres Escritor

No me sentía a gusto allí. Era la primera vez que iba a ese bar y experimentaba, hasta las vísceras, sentirme un sapo de otro pozo. Todo allí era demasiado arreglado, ornamentado y pretencioso para mi modo de ser. Piso de mármol, paredes de madera trabajadas, suntuosas lámparas de cristal pendiendo de los techos. Hombres y mujeres acomodados, de mucha más edad a la mía, hablando banalidades. Todos medidos, vestidos en forma impecable, invariablemente correctos. El ambiente me parecía antiguo, opresor.

No era un lugar que hubiera elegido, ni me agradara aun cuando hiciera el esfuerzo. Poco podía estar allí a gusto, cuando empezaba a pensar que me habían dejado plantada.

Se trataba de algo recurrente en mi relación con él. Como terminar por hacer lo que era de su gusto. Pero de alguna forma, su encanto siempre conseguía hacer que pasara por alto ese tipo de cosas.

Terminé mi trago y pedí otro. No repetí el coctel de limón y menta con vodka que había estado tomando. Quise, en cambio, un whisky. Doble.

El barman de blanca camisa y chaleco oscuro me observó con cierta compasión. Era la única mujer allí, sentada en la barra, que no tenía compañía ni hablaba con nadie. Por lejos, la más joven y la menos alegre.

Supongo que por eso me sirvió aún más de la medida doble. El vaso old-fashioned de contenido ámbar intenso quedó justo al lado de la copa de cóctel vacía.

Trataba de no ver de nuevo a la puerta por centésima vez cuando entró. No era el hombre que esperaba sino otro. Alguien que pensé había dejado atrás, superado hacía ya tiempo.

No pude dejar de observarlo, de interesarme en él, aunque nuestra historia no hubiera sido nunca en los mejores términos. Busqué esas señales que me permitieran saber que había sido de su vida en todos estos años de distancia. Estaba interesada en tener una respuesta de algo que me mordería la lengua antes de preguntarle.

No parecía haber pasado el tiempo para él desde la última vez —hacía ya mucho— en que nos vimos. Apenas unas canas más en el pelo, alguna arruguita en los ojos. En apariencia, no parecía haber tanta diferencia de edad como la que en realidad teníamos.

Miré como me observaba, sorprendido. Debía ser la última persona que esperaba encontrar allí. Al parecer, mantenía ese gusto por relajarse luego de la jornada de trabajo, haciendo una parada en algún sitio, simplemente para sentarse allí y tomar algo. Solo, al azar. Conocía, de sobra y para mi pesar, todas sus mañas.

Seguía clavándome la mirada. Como yo a él. Supuse que decidía si yo era quien era u otra persona. Entendía su duda. Estaba arreglada muy distinta de cómo debía recordarme, si es que alguna vez lo hacía.

Era un estilo elaborado, vistoso, más a medida de quien esperaba hacía rato que de mis propias preferencias. Otra de las cosas que había hecho por ese que no venía ni daba noticia alguna de por qué.

Vestía un sugerente vestido de fiesta negro, con brillos y corte pronunciado en la espalda. Llevaba mi cabello rojizo recogido hacia atrás, en una especie de rodete algo suelto, con unos mechones sueltos, leves tirabuzones, a los lados del rostro. Esos que delataban como era en realidad, cuando ondeaba en libertad. Pintados de un rojo muy rojo los labios, ahumados los ojos en tono tostado, con pestañas bien definidas, negrísimas, algo curvadas. Tenía muchos anillos colocados en los dedos, así como unos aros grandes y redondos, en plata, puestos en mis orejas.

Todo ese arreglo era algo muy lejos de ese estilo natural que a él siempre le gustaba ver en mí y que había exigido mientras me tuvo con él, bajo su égida.

Al fin, se acercó a donde estaba sentada. Debía odiar como me veía. Esa idea provocó en mí la primera sonrisa, solo a medias, en bastante rato.

— ¿Puedo sentarme?—preguntó, buscando de acomodarse en el taburete vacío a mi lado.

—Espero a alguien—le eché en cara. Aun pasado tiempo, varios años ya, seguía resentida con él.

Se sentó igual. No hubo saludos, ni recordatorio de viejos tiempos pasados. Sólo una pregunta, muy serio.

— ¿Lo amás?

Siempre fue directo para todo aquello que no tenía que ver con él. Por otra parte, mi tono no le debe haber dejado lugar a muchas dudas.

—Por supuesto que sí.

Fue algo automático. Era algo que yo misma me preguntaba a veces. Las mismas que dudaba si él realmente sentía ese sentimiento conmigo. Pero no tenía la menor intención de mostrar ante él desventura alguna en mi vida. Iba a simular ser tan feliz y despreocupada como todos los que se congregaban allí.

—Al parecer, ese sentimiento no es mutuo.

Me sorprendí al escucharle decir eso. Señaló entonces la copa vacía y el vaso old-fashioned a medio terminar, por delante de mí en la barra.

—Si le importaras, estaría ya acá. Además, todo este lugar no es algo que vos habrías elegido para nada.

Como siempre, le sacaba la ficha a todo y todos. Andrés me había citado allí por nuestro aniversario. El segundo desde que nos conocíamos. Pero seguía sin aparecer ni dar noticia alguna, pasados ya cuarenta y cinco minutos de la hora en que quedamos en encontrarnos. Típico en él. Era tan impulsivo como incapaz de terminar algo, aunque hubiera sido su idea. Sumergido en su trabajo y sus amiguitos del fútbol, yo era un apéndice, un asunto muy por detrás de muchos otros intereses suyos. Siempre debí luchar para pasar tiempo juntos, para captar su atención. Pero era encantador cuando lograba que compartiéramos algo solo nosotros dos.

—No creo que seas el más indicado para hablar de amor. Defraudaste a todas las que cometieron ese error con vos— le dije, apenas disimulando el enojo.

Yo misma estaba en esa lista. Pero él no dijo nada respecto de mis palabras. Siempre callaba sobre aquello que no le convenía hablar y seguía como si nada. Tal como hizo al volver a hablarme.

—Lo mejor que puede pasar con alguna gente es que no esté en tu vida.

Por lo visto, insistía en aconsejarme. Tal como antes, cuando nos tratábamos. Me refrené para no mandarlo al diablo. Hubiera sido un exabrupto que revelaría hasta qué punto me seguía pudiendo conmover. Ni loca le iba a dar esa satisfacción.

—¿Lo decís por vos?—se la devolví, adicionando a las palabras una mirada de reproche.

—Sé que no tengo derecho…

—Exacto—lo interrumpí, algo exasperada, también por estar conversando con él como si nada, después de tanto tiempo y tanto ignorarnos—. No lo tenés. Lo perdiste hace rato.

—En todo caso, eso no justifica que te dejes tratar de esa forma.

—Él me quiere.

—En vez de arreglarte tanto para agradarle a quien te hace esperar, ¿por qué no solo sos vos?

Ser yo. Fue una buena pregunta. Incómoda, también. Creo que me era más fácil dar lo que esperaban otros de mí que tener la amabilidad de otorgármelo a mí misma. Necesidad de aprobación, de afecto, miedo a estar sola, que se yo. Sentimientos que había tenido también con él, hacía mucho tiempo. Era con el primero que había mendigado afecto, antes de incurrir en una conducta similar con otros.

Era increíble como las palabras podían tener un efecto tan potente en la vida y los sentimientos. Oírlo aconsejarlo fue como ser insultada. No tenía ningún derecho en lo que a mí implicaba.

—Como sea, es cosa mía—le enrostré.

Observé su reacción. No parecía molesto sino herido, hasta diría que preocupado. Por mí, al parecer. Debía estar alucinando o ser víctima de un espejismo.

—Que estés resentida conmigo, no significas que dejes que otros te traten tan a la ligera.

No contesté nada a eso. Él me mantuvo la mirada por unos instantes mal.

—A veces dañamos a quienes queremos sin darnos cuenta—prosiguió—. Por estar demasiado metidos en las cosas de uno. Cuando se termina de verlo, ya es tarde y el daño está hecho. Algo difícil de reparar y mucho más de perdonar.

Asentí. Era la primera vez en la charla que concordaba en algo con él. Parecía emocionado, aun tratando de mantenerse en dominio de sí mismo. Me pasaba algo similar.

—No fui justo con vos.

—No, no lo fuiste.

Descubrí que estaba emocionada al decir eso.

—Pero eso no quiere decir que no puedas ser feliz. O que tengas que dañarte con otros que no te merezcan.

Era cierto lo que decía, pero demasiado incómodo para reconocerlo en mi presente situación. Sobre todo, a él.

—Preferiría estar sola.

Era mi turno de rechazar su afecto. Como ese alguien había sido indiferente al mío por tanto tiempo.

Él movió la cabeza, como asintiendo, para luego levantarse. Era tan escondedor de sentimientos como yo. También en eso, como en otras cosas, me había moldeado. Más para mal que para bien.

—Me gustó verte.

—No puedo decir lo mismo—le dije, sin estar muy segura que eso fuera verdad.

Lo vi alejarse como si no quisiera hacerlo. Al otro extremo de la barra, cambió unas palabras con el barman como si fueran conocidos. Luego siguió hasta desaparecer tras la puerta que daba a la calle. Una que me quedé mirando más de la cuenta, luego que se cerrara.

Traté de volver a lo que estaba, antes que hiciera su acto de aparición. Miré mi trago a medias, sin poder quitarlo de dentro de mí. Muchas cosas se me removían por dentro.

Pese a todo lo sufrido por él, era asombroso como seguía teniendo una poderosa influencia en mí. Siempre había tenido ese don de percibir las cosas como eran y de no dudar en decirlo. En su momento lo había admirado por eso. Ahora descubría que seguía sin ser inmune a sus benditos consejos.

Todavía podía estar muy herida con él, por todo cuanto me había hecho. Y más aún, por aquello que no hizo o dejó de hacer. Pero no podía dejar de aceptar que tenía razón con muchas cosas.

La pantalla del celular se iluminó de repente, al tiempo que el aparato se movió al compás de un único zumbido. Era un mensaje de Andrés por el WhatsApp: “Me entretuve con unos amigos. Llego en media hora”.

Mientras lo leía, me pregunté por qué antes había aceptado ese tipo de cosas. No una, sino muchas veces. Estaba en ese lugar por una ocurrencia de él, que al parecer había dado a esa idea suya, o al hecho de ser nuestro aniversario, mucho menos importancia que yo.

Seguí un impulso y en vez del habitual mensaje de aceptación y de que estaba todo bien, como en muchas ocasiones similares anteriores, esta vez escribí: “Mejor, lo cancelamos”.

Terminé mi whisky e iba a guardar el celular cuando recibí otro mensaje suyo: “Estoy yendo. Esperame Gordi”.

Antes de la incómoda pero esclarecedora conversación con cierto hombre muy particular para mí, hubiera claudicado. Me habría sentido incapaz de contradecirle. Hubiera permanecido allí, mirando cada dos minutos la puerta, esperándolo a que llegara. Embroncada y dolida, pero también necesitada que estuviera conmigo.

Pero esta vez mi respuesta fue un lacónico “No”. Luego apagué el celular. No estaba furiosa con Andrés. De pronto, no me movía nada el estar o no estar con él. Simplemente pensaba, extrañada, lo fácil que era poner fin a las cosas que me enervaban de él. Olvidos, frialdades y plantones.

Miré por unos instantes a las dos copas delante de mí en la barra. No podían ser más distintas. Tal como Andrés y yo. Solo mis continuos amoldamientos y resignaciones habían mantenido algo entre nosotros.

Todavía me sentía tocada por lo que me había dicho alguien que no podía quitar de mi cabeza. Una conversación que había iniciado por una copa vacía.

Me solté el pelo que cayó, libre y volviendo a sus ondas. Con una servilleta de papel me saqué el rojo de los labios. Esperaba volver a verme como era todos los días. Mucho más simple, mucho más natural.

Pedí la cuenta. El barman me miró, cómplice.

—El caballero con el que estaba ya la pagó.

Por algún motivo, ese gesto me hizo sonreír como hacía mucho tiempo no lo hacía. Dejé una propina y salí del bar, apresurada. Ni yo entendía el porqué de ir a encontrar a quien había echado de mi lado y con el que permanecía resentida.

No tuve que buscar mucho. Estaba a solo unos pocos metros de la puerta. En el borde de la acera, mirando a la calle, con el brazo derecho inquieto. Buscaba un taxi, supongo.

Me acerqué, tímida como solo él podía ponerme. Lo llamé, algo avergonzada. No sé por qué. O, sí, lo sabía. Con todo lo que pudiera reclamarle, siempre sería el primer hombre de mi vida. Aun no estando en ella. Incluso sin poder, ni querer, perdonarle ciertas cosas. Asuntos por los que él tampoco había pedido, ni buscado, perdón alguno.

Me miró, con extrañeza. Nunca pensó que yo estaría allí, buscándolo. Vi cómo se le nublaban los ojos. Pero sus sentimientos no pasaron de ahí. Aunque era mucho más de lo que me había demostrado siempre.

La nuestra siempre fue una relación de silencios, de distancias. Mis ojos se nublaron también.

Fue entonces cuando me acerque y lo abracé. Él se sorprendió mucho por ese gesto. Llevaba años sin hacerlo.

Lo besé con cariño, algo torpe por la emoción, un poco debajo de la oreja. Luego le dije en un susurro:

—Gracias, papá.

Cuento realizado en el marco de la segunda edición virtual de InspiradosEnCasa el 10 de abril de 2020.

NOTICIA DEL AUTORLuis Carranza Torres nació en Córdoba. Es abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor universitario y miembro de diversos asociaciones históricas y jurídicas. Ejerce su profesión y la docencia universitaria. Es autor de las novelas Yo Luis de Tejeda (1996), La sombra del caudillo (2001), Los laureles del olvido (2009), Secretos en Juicio (2013), Palabras Silenciadas (2015), El Juego de las Dudas (2016), Mujeres de Invierno (2017), Secretos de un Ausente (2018), Hijos de la Tormenta (2018), Náufragos en un Mundo Extraño (2019) y Germánicus. El corazón de la espada (2020). Ha recibido la mención especial del premio Joven Jurista de la Academia Nacional de Derecho (2001), el premio “Diez jóvenes sobresalientes del año”, por la Bolsa de Comercio de Córdoba (2004). En 2009, ganó el primer premio en el 1º concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz y en 2015 Ganó la segunda II Edición del Premio Leer y Leer en el rubro novela de suspenso en Buenos Aires.