Una luz en el camino

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Por Germán Masserdotti para Revista Argentina Tercera Época

Tomás pedaleaba apurado cuesta abajo: le quedaba poca luz y lo rodeaba el monte. Anochecía.

La bicicleta no paraba de crujir. Vio por el espejo que ya no contaba con el guardabarros. Pisó fuerte sobre el pedal derecho. ¿Podría aumentar la velocidad? No comía desde que se había levantado, alrededor de las 6.30. Mentira: al mediodía había picado unos salamines y aceitunas negras en el boliche de Alcorta ―a unos metros del cruce con la ruta nacional―. Y había tomado unos whiskies.

Avanzó más rápido ―la pendiente era su aliado―, pero se había caído el espejo. El espejo por el que había visto que el guardabarros azul ya no lo ayudaría.

Sintió que algo le había golpeado la cabeza. Se asustó y clavó los frenos. ¿Qué podría ser? Algo duro, por cierto. Levantó la cabeza y divisó que se trataba de un objeto volante. Aguzó más la vista: tenía apariencia de pájaro. No. Un ave, se dijo: era un búho. El animal ―él veía que el búho se adornaba con  ojos amarillos y tonalidades verdes y rojas― ahora lo inspeccionaba desde lo alto de un algarrobo. Ese búho de mierda no le marcaría el paso. ¿Se creería un semáforo?

Pisó de nuevo y fuerte sobre el pedal derecho.

Habría avanzado unos cinco kilómetros más en pendiente. Sudado y fatigado, se detuvo. Ese búho ―un maldito― podía tener razón. Lo había advertido de su vida loca y decadente. De boliche en boliche: así no se podía vivir. Él no podía vivir así. ¿A su abuela Norma no era que le gustaban los búhos? Le encantaban, recordó con nostalgia. Con nostalgia porque él había vivido con ella desde los catorce años: sus padres habían muerto en un accidente automovilístico en la ruta 2.

Los viejos, pucha ―se dijo―: cuántas cosas lindas había compartido con ellos. Unos genios: le habían comprado una bicicleta rodado 28 cuando tenía 6 años. Unos genios, sí. Entonces ―recordó―, pedaleaba entusiasmado de la vida. A los 6 años ya les había contado que quería ser médico. Cosas que dicen los chicos cuando son chicos… Sueños, deseos, expectativas… Claro: su padre había sido pediatra. Su abuela Norma, todos los años para la fecha del cumpleaños de su papá, le contaba sobre la cantidad de chicos que había salvado de la muerte. Aldo ―así se llama su papá― conocía a cada chico por su nombre. Además, de vez en cuando, lo llevaba al consultorio ―lo tenía en Marcelo T. de Alvear y Azcuénaga, cerca del Clínicas―. Como para no querer ser médico. Pucha: los viejos. ¿Y su mamá? Ella era maestra de chicos “especiales”, como le decían a los pibes que tenían síndrome de Down, tenían algún retraso mental o habían nacido con algún problema motriz que les había afectado el bocho. Como para no querer servir al prójimo.

Tomás apoyó la bicicleta al costado de la ruta, en contra del sentido del tránsito. Se sentó sobre el pasto y sacó un LyM del bolsillo de la camisa. Lo mordió nomás: no quería fumar. Dejó sus dientes marcados en el filtro y apoyó uno de sus brazos sobre el pasto. LyM fumaba su papá. Pucha: si su viejo no se moría en la ruta se iba a morir de cáncer: dos atados sábado y domingo y tres de lunes a viernes.

Entonces recordó cuando había ingresado a la Facultad de Medicina. Matías esperaba llegar a ser como su padre. “Ahí viene el hijo del Dr. Rabagliatti. Va a ser como su progenitor”, decían.

En esa época ―tendría unos veinte, veinticinco años― sus amigos le hacían la pata para salir con las chicas. Porque el Tomi era tímido. Aunque midiera un metro noventa y fuera más bien fornido, le daba vergüenza hablar con las chicas. Que se yo, tal vez influía que su madre ―Laly: ¡la quería tanto!― lo había tenido como un pollerudo hasta que entró a la secundaria… Lo cierto es que un fin de semana de esos Cachito, su compañero de Pediatría I, le presentó a un bombón. Medio cursi, solía decir los días de mucho sol: “Qué pena que un bombón como usted se derrita así caminando por la calle”. ¿Cómo no soñar en tener proyectos con ese “bombón”, con lo buena y preciosa que era? La mujer que había soñado para ser la madre de sus hijos.

Hasta que un día… La puta madre: Alejandra ―su bombón― se tiró de un séptimo piso en el barrio de Palermo. Iban a vivir en ese departamento una vez que se casaran… ¿Qué le había pasado por la cabeza a su novia? ¿Qué fue lo que no llegó a entender, descifrar, oír, percibir de parte de ella para no prevenir la tragedia? Si la quería tanto…

¿Entonces, qué? Chau carrera, chau los amigos, chau todo…

Empezó con la bebida, después con depresión, siguió con más bebida, algún que otro porro, drogas peores… Tenía la vida hecha percha, se decía a sí mismo.

Pero ahora quería volver a la vida buena. Ese búho ―esos animales le gustaban tanto a su abuela Norma― lo había despabilado. Además, era un Rebagliatti, la puta madre.

Una virtud que no había perdido era la del agradecimiento. ¿Dónde estaría el búho? ¿Seguiría inspeccionando desde el algarrobo? ¿Valía la pena volver para saludarlo y decirle muchas gracias?

Agarró la bicicleta y la enderezó cuesta arriba ―mejor todavía, ruta arriba―. Refranero, se dijo: es de bien nacido ser agradecido. Al fondo del horizonte ―su horizonte― percibía una luz. Debía ser la del búho. La de los ojos amarillos del animal. Una exageración de la imaginación, pero transformante. Su abuela, con una pila de años, seguro que todavía lo estaba esperando: como cuando era chico, con la chocolatada preparada. Ya se las iba a ingeniar para ubicarla. Con amor ―se dijo― todo se puede.

Piso fuerte sobre el pedal derecho. Y avanzó a toda velocidad. La luz cada vez se volvía más intensa. Claro: el búho lo había sacudido interiormente. Lo había golpeado, no sólo en la cabeza sino sobre todo en el alma. Él se sabía un tipo bueno, como el fondo de un vaso de Jack Daniel’s.

La intensidad y tamaño de las dos luces aumentaban más y más. Un halo parecido a una aureola rodeaban a esas dos luces.

Faltaba muy poco para llegar al punto más alto de la subida. Apenas ―calculó mentalmente― unos 20 metros. Al otro lado del horizonte, lo esperaban dos soles que lo habían despabilado y lo habían vuelto a la senda de la buena vida: los ojos del maldito ―ahora bendito― búho. Incluso, llegó a oír una bocina como si fueran las trompetas que hacían sonar los santos Ángeles en el cielo por la conversión de un pecador arrepentido.

*******

Don Rosendo, el encargado del boliche de Alcorta ―a unos metros del cruce con la ruta nacional― abrió las páginas centrales de El observador imparcial―el diario más comprado y leído del pueblo―. Al tipo de la foto lo conocía. Lo había visto hacía poco, apenas unos días atrás. ¿No era el que le había pedido una picada de salamines y aceitunas negras y se había tomado varios whiskies? Sí, la había visto. Un deshauciado el tipo. Tal vez había perdido la guita en algún bingo, quién sabe, o tal vez había encontrado a su mujer con un rufián. A veces le caían tipos así en el boliche. Los atendía por la lástima que le daban. Pobres tipos.

La foto la vio sin dificultad, pero para leer se puso los anteojos.

“A unos kilómetros de Alcorta, donde termina el monte de los algarrobos, se encontró el cuerpo de un hombre. Se averiguó que su nombre es Tomás Rabagliatti. A propósito de lo sucedido, un camionero se encuentra demorado en la comisaría de Alcorta. Como se puede apreciar en la foto, el conductor manejaba un Scania sin acoplado”.

―Dos farolazos los del camión ―dijo don Rosendo―.