El trabajo humano. Sobre la Laborem exercens de san Juan Pablo II.

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Por Claudio Rossi para Revista Argentina (Tercera Época)

Siguiendo los principios inamovibles establecidos en la Carta Encíclica Rerum Novarum por León XIII del 5 de mayo de 1891, la hermenéutica de la continuidad de la Doctrina de la Iglesia en materia social siempre se ha mantenido con firmeza. Los Papas posteriores a León XIII, actualizaron los principios contenidos en este magno documento, sin cambiar nada de la esencia allí expresada sin dejar de tener en cuenta los distintos momentos históricos en que aparecieron los respectivos documentos.

No fue menos San Juan Pablo II, a quien le tocó estar ocupando la silla de Pedro al cumplirse los noventa años (1981) de aquella manifestación trascendente. La Carta Encíclica Laborem exercens, entonces, fue la encíclica que el Papa polaco aparecida el 14 de septiembre de 1981 en la fiesta de la Exaltación de la Cruz y en el tercer año de su pontificado.

Ciertamente, quien sea memorioso y haya seguido con atención la vida de este grandioso Pontífice, no olvidará los acontecimientos que rodearon aquella época. En efecto, la Laborem exercens había sido preparada para promulgarla el 15 de mayo de 1981, aniversario de la Rerum Novarum, pero se vio retrasada su salida hasta septiembre de dicho año. El motivo es de público conocimiento: el miércoles 13 de mayo, en la habitual audiencia pública, el Papa salía a la plaza de San Pedro en su “papa móvil” cuando recibió del terrorista turco Mehmet Alí Agca cuatro disparos que lo hirieron en el estómago, el brazo y la mano. El mundo quedó paralizado. Las imágenes se veían una y otra vez por televisión. El pueblo cristiano rezaba por la salud del Vicario de Cristo. Meses después, con infatigable labor, Juan Pablo II revisaba su documento en el Hospital Gemelli y mandaba su publicación.

Desde las primeras páginas, el Papa adelantaba que, a pesar de los cambios tecnológicos, la esencia del problema del trabajo no había cambiado en comparación con la revolución industrial. “No corresponde a la Iglesia analizar científicamente las posibles consecuencias de tales cambios en la convivencia humana” afirmaba sin titubear, pero aclaraba “…la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad” (LE, 1).  

Ése es el quid de la cuestión, ya que la Iglesia ha venido proclamando desde siempre que el problema no son las consecuencias materiales de la llamada “revolución industrial” aún hoy con la nueva tecnología, sino el enfoque visto desde la verdadera concepción del hombre como ser trascendente, es decir desde su espiritualidad.

Enfoca el planteo del problema indicando, en primer lugar, que el documento en análisis es “para poner de relieve (…) que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social” (LE, 3).

La Iglesia está convencida de que “el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra” (LE, 4).

Carlos A. Sacheri dirá que, conforme el orden natural en la economía, al trabajo debe reconocérsele una triple dimensión. En primer lugar, es una realidad necesaria: el hombre no puede vivir sin trabajar. En segundo lugar, tiene una dimensión personal: el trabajo es una expresión de la personalidad. En tercer lugar, y como consecuencia de ello, posee una dimensión social: el que trabaja no es un simple operario que conoce su oficio, sino que es un ser solidario que con su actividad contribuye al mantenimiento de otras personas, empezando por su familia (Sacheri, C. A., El orden natural, Buenos Aires. Ediciones del Cruzamante, 1979, 3° edición, p. 83).

San Juan Pablo II distingue entre el llamado trabajo objetivo y el subjetivo, El primero comprende la  “técnica” y el segundo al “hombre como sujeto del trabajo”, ya que el trabajo humano tiene un valor ético debido a que “está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo”. De allí que el Papa dé en el clavo cuando expresa que “las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse principalmente no en la dimensión objetiva sino en la dimensión subjetiva” (LE, 6).

Considerando los principios básicos de la consideración del trabajo y del trabajador, sobre todo al enseñar de modo firme y concreto que el trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo, se explica que la crítica al liberalismo y al socialismo no varíe desde la Rerum novarum de León XIII. El liberalismo economicista que considera al trabajo una mercancía y el socialismo que cree que el hombre es una herramienta del trabajo, son igualmente condenables. León XIII criticaba la usura porque “sigue siempre bajo diversas formas la misma en su ser, ejercida por hombres avaros y codiciosos”  y que el socialismo era “perjudicial para el obrero, injusto y subversivo”.

En ese orden de ideas y en relación con el concepto de trabajo, expresa César H. Belaunde que “para que haya trabajo en sentido estricto, debe ser una actividad propiamente humana, es decir, consciente e intencional (…) Ahora bien, si se trata de una actividad propiamente humana, participa de la dignidad del hombre que la realiza. En consecuencia, de ningún modo puede equipararse a una cosa, a una mercancía, sino que pertenece a un plano esencialmente superior” (Belaunde, César H.  Doctrina económico-social de León XIII a Paulo VI, Buenos Aires, Editorial Troquel, 1970. p.187).

Juan Pablo II, en continuidad con ese pensamiento afirma que “el peligro de considerar al trabajo como una “mercancía sui generis” o como una anónima “fuerza” necesaria para la producción, existe siempre, especialmente cuando toda la visual de la problemática económica esté caracterizada por las premisas del economicismo materialista” (LE, 7).

Es evidente que los trabajadores se encuentran siempre en condiciones desfavorables para la defensa de sus intereses socio económicos, para lo cual existen los sindicatos, organizaciones intermedias cuyo fin no es hacer política ni “ser sometidos a las decisiones de los partidos políticos” como tampoco tener “vínculos demasiados estrechos con ellos” (LE, 20). En especial los asalariados son quienes se encuentran en esas condiciones desfavorables, principalmente con relación al mismo salario. Hay que recordar entonces, que “El deber de remunerar con justicia es el primero y fundamental que la ley moral impone a todo aquél que recibe de otro el beneficio de su actividad o trabajo (…) La injusticia en la retribución del trabajador es una de las causas que destruyen de una manera más profunda la concordia social” (Widow, Juan Antonio, El hombre, animal político, Buenos Aires, Ediciones Nueva Hispanidad 2002, p.211).

Finalmente, y más allá de los distintos temas que trata el documento, el valor esencial de la Laborem exercens está en afirmar una vez más y como siempre que a través del trabajo el hombre “no solo transforma la naturaleza adaptándola  las propias necesidades sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido “se hace más hombre (LE, 9). De allí que se realce la dignidad del trabajo incluso como condición para hacer posible la fundación de una familia.

Nada podrá aportarse a la solución de los conflictos actuales que presenta el trabajo humano si no se parte de la base de estos principios expresados de manera categórica desde siempre, si no se da lo que el Papa llama “prioridad del trabajo sobre el capital” en un mundo materialista que no busca más que el lucro y la ganancia. Si no se entiende la “primacía  del hombre en el proceso de producción, de la primacía del hombre respecto de las cosas” (LE, 12). Si no se tiene en cuenta que quien hace el trabajo es una persona, cuya dignidad se juega más allá del monto del salario que se le abone y al que tenga derecho.

La actualidad de Laborem exercens no es llamativa si pensamos que la indiferencia por parte de gobiernos y organizaciones vinculadas al mundo del trabajo humano a los principios que ratifica la encíclica contribuyen cada vez más al crecimiento de las injusticias que se producen en las relaciones laborales de los hombres en la sociedad actual. El excesivo afán de lucro y las concepciones materialistas de la persona humana hacen que el fracaso permanente de las presuntas soluciones a los problemas plateados sea una constante en la vida de los hombres.