Hemingway, el mito revisado

Claudio Monteverdi: la música, el poder y la peste. A propósito del estreno de Altri Canti en el Teatro Colón de Buenos Aires.
11 julio, 2021
El jurista John Finnis denuncia la creación de «crímenes de pensamiento» con estigmatización pública
18 julio, 2021

Por Jorge Martínez para La Prensa

Hoy sería el más “cancelable” de los escritores, un proscripto, un apestado. Sus grandes pasiones, esas que le consumieron la vida, no habrían tardado en condenarlo. La caza, la pesca mayor, el boxeo, las corridas de toros, las armas de fuego, la violencia, la guerra. Y su personalidad lo habría hundido, ya que fue machista, misógino, racista, antisemita, resentido, paranoico, vanidoso como pocos y tremendamente inseguro pese a la imagen de macho alfa con la que se blindó desde la adolescencia y hasta el día en que, sesenta años atrás, apoyó en la frente una escopeta de dos caños y se mató entre las montañas de Idaho.

Buena parte de la obra de Ernest Hemingway (1899-1961) sería impublicable en estos días de “corrección política”, y su figura pública, magnética y prepotente, habría muerto antes de nacer, sofocada por acusaciones y denuncias de los “colectivos” bienpensantes. Acaso por ese motivo cada vez más se lo recuerda como lo que no fue, o como lo que pudo haber sido.

Una biografía reciente de Mary V. Dearborn y, sobre todo, el documental en cuatro partes de Ken Burns y Lynn Novick producido por la cadena pública estadounidense PBS y estrenado hace un par de meses, registran las glorias y miserias conocidas de “Papá” Hemingway, pero le agregan una pátina de progresismo con la que pretenderían volverlo aceptable para los cánones actuales.

Este Hemingway del siglo XXI es un Hemingway “deconstruido”. Un fetichista del cabello corto en las mujeres que en los últimos quince años de su vida habría explorado sexualidades alternativas y se entregó sin tapujos a una presunta fluidez de género que parecía confirmar aquellos persistentes rumores acerca de su virilidad que lo persiguieron desde que su nombre cobró fama en la literatura internacional.

Los críticos rastrean con fruición ese lado oculto, secreto, en los libros crepusculares y fallidos del mito, esos que no llegó a concluir por la enfermedad y la depresión, y que sólo se publicaron bastante después de su muerte inesperada, la límpida mañana del domingo 2 de julio de 1961. Una vieja historia que vuelve a escribirse.

–o–

Hemingway presenta el caso, no tan infrecuente, de la persona absorbida por su personaje. La fusión empezó muy pronto y se acentuó en su madurez vital y creativa, cuando quienes se acercaban a conocer al escritor se llevaban la impresión haber estado frente a un actor aferrado a un guión salido de su propia pluma.

A esa conclusión llegaron, entre otros, John Dos Passos y Francis Scott Fitzgerald, grandes amigos y grandes escritores con los que terminó agriamente peleado, William Saroyan, Andrew Turnbull, futuro biógrafo de Fitzgerald, o Katherine Ann Porter, quien conoció a Hemingway en 1934 en París y treinta años más tarde evocó el encuentro de este modo: “…me pareció entonces el ejemplo viviente de las actitudes literarias de moda en aquel tiempo (…). Hubo de pagar mucho, como les pasa a esos hombres, por su derecho a vivir más allá de la moda que había ayudado a crear, por desempeñar hasta el final no el papel que deseaba el público sino el destino que no podían eludir porque en un momento de sus vidas habían elegido ese destino”.

Pero lo en verdad fascinante es que detrás del hombre de las poses, las provocaciones y las bravatas había un artista concienzudo, un autor disciplinado y original que desde muy joven deslumbró a mentores veteranos y mucho más complejos. Creadores como Ezra Pound, quien ya en 1924, cuando Hemingway no había cumplido 25 años, vio en él al “mejor estilista en prosa del mundo”, o Ford Madox Ford, que recordó lo siguiente del momento en que resolvió sumarlo a la transatlantic review, por él dirigida: “Sólo tuve que leer seis de sus palabras para decidirme a publicar todo lo que me enviara”.

En un mismo ser convivían el muchacho salvaje criado en los bosques del norte de Michigan (el territorio literario de su alter ego, Nick Adams) y el artesano de la palabra que sedujo a Gertrude Stein, James Joyce, Sherwood Anderson, Edmund Wilson, o al legendario editor Maxwell Perkins. El personaje exageraba características reales de la persona, no las inventaba. Nada falso había en la pasión de Hemingway por la vida aventurera en selvas y montañas, como tampoco era impostada su obsesión flaubertiana por depurar un estilo preciso, concentrado y cristalino, trabajado según Wilson con un “arsenal de monosílabos nórdicos” hasta alcanzar frases perfectas y párrafos definitivos.

“Escribir era un proceso estimulante que ejecutaba puertas adentro, una prisión autoimpuesta -parafraseó Carlos Baker, autor de la temprana biografía que sigue siendo canónica-. Si salía bien, nada se le podía comparar en recompensa y gozo. Si no era así, y a menos que quisiera volverse loco, no le quedaba más remedio que tomar los instrumentos de su segundo oficio -las armas, las cañas- y buscar las otras satisfacciones en el mar o en los bosques”.

–o–

El Hemingway de los comienzos despreciaba la novela (le parecía un género artificial y recargado), bosquejaba cuentos sin parar y practicaba con entusiasmo el consejo que recibió a los 18 años de un viejo periodista al que conoció cuando trabajaba en el Kansas City Star, su primera escuela literaria: “A escribir se aprende escribiendo y los temas hay que sacarlos de la experiencia personal”.

Las experiencias fueron harto redituables para el futuro escritor: la gravísima herida que sufrió en el frente italiano en la Primera Guerra Mundial, donde fue chofer de ambulancias; los pocos pero decisivos años como cronista y enviado especial en Europa y Asia menor; la vida social y literaria en el París de las vanguardias; los sanfermines de Pamplona; los repetidos safaris en Africa; la pesca extenuante en Key West y Cuba; las visitas a España durante la Guerra Civil, alineado con el bando republicano, y su extravagante desempeño como periodista y combatiente antes y después de la liberación de París, en 1944. Nunca escribió mejor Hemingway que cuando siguió al pie de la letra la estricta recomendación de aquel olvidado maestro, y cada vez que se apartó de ella los resultados fueron endebles y poco convincentes.

Por este motivo hace tiempo que la crítica prefiere al Hemingway cuentista por sobre el novelista, al inventor de “La breve vida feliz de Francis Macomber”, “Las nieves del Kilimanjaro”, “Los asesinos” o “Fifty Grand”. Sus mejores novelas, The Sun Also Rises (1926), Adiós a las armas (1929), El viejo y el mar (1952), lo son porque tienen la redondez de un relato y cumplen con el requisito de reformular episodios vividos y personas de carne y hueso, sin entregarse a imaginaciones psicológicas o filosóficas para las que no estaba dotado un escritor que siempre prefirió la acción a la reflexión.
Su obra más leída, la que le dio más fama y dinero, Por quién doblan las campanas (1940), señaló también el comienzo de una larga sequía creativa y el agotamiento de sus temas y su voz narrativa. Sus andanzas militares en la Segunda Guerra Mundial (ya tenía 45 años), el matrimonio competitivo con la periodista y escritora Martha Gellhorn, una serie estrepitosa de accidentes, golpes, caídas y enfermedades, las rachas depresivas acaso heredadas de su padre suicida y el fracaso de los pocos libros que publicó desde entonces lo empujaron en un irreversible camino cuesta abajo, justo cuando mayor era su renombre y más requeridas eran sus historias y sus opiniones.

Si hubo un canto del cisne en ese período de decadencia fue la novela del viejo pescador cubano que, todo orgullo y valentía, sale a cumplir con su faena y se enfrenta a lo imposible, sin renunciar a la identidad que lo mantiene en pie, día tras día. Hemingway escribió en ocho semanas esa obra cargada de significados y resonancias, y en la que muchos creyeron ver una “cualidad misteriosa” de incierta definición. Para William Faulkner, viejo rival distante, el tiempo demostraría que era “la mejor pieza de cualquiera de nosotros” porque en ella su autor por primera vez había descubierto a Dios, al Creador. El secreto de su éxito, observó después Hemingway, consistía en que era “poesía escrita como prosa”.

Por ella obtuvo el Pulitzer que le habían negado a Por quién doblas las campanas, y, dos años después, en 1954, contribuyó a que le concedieran el Nobel de Literatura que tanto había anhelado su feroz espíritu competitivo (y que Faulkner había ganado en 1949).

Los problemas de salud le impidieron viajar a Suecia a recibirlo en persona. A cambio envió un mensaje breve y humilde y confesional en más de un sentido. “Escribir es, en el mejor de los casos, una vida solitaria -declaró -. Las organizaciones de escritores mitigan la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Al desprenderse de su soledad crece en estatura pública y a menudo su obra se deteriora. Porque su trabajo lo hace solo y si es un escritor suficientemente bueno, cada día debe enfrentarse a la eternidad, o a la falta de ella”.

–o–

En el final lo ganó la desesperanza. El hombrón estadounidense típico, de metro ochenta y tres y 120 kilos, el aventurero que había abrazado la cultura vital del Mediterráneo, el amante del temperamento español y las verdes colinas de Africa y el sol de Cuba, buscó la muerte acorralado por la depresión, los dolores constantes y los fantasmas de su cerebro que los tratamientos médicos y las cruentas terapias de electroshock no hicieron más que agravar.
Seguía considerándose un católico nominal pero ya no creía como había creído desde aquel día de 1918 en que un cura italiano le impartió la unción de los enfermos tras haber sido malherido por un proyectil austríaco. Su credo, escribió Carlos Baker, era ahora el credo laico de Robert Jordan, el protagonista de Por quién doblan las campanas, que sólo creía “en la vida, la libertad y la busca de la felicidad”.

Era hijo de un suicida y más de una vez había amenazado con quitarse la vida, incluso en los años de bonanza y mayor creatividad. Cuando la memoria empezó a traicionarlo y comprendió que no podría seguir escribiendo y sintió que perdía el juicio, buscó su escopeta preferida, que su cuarta y última esposa había escondido bajo llave en el sótano de su casa en Idaho, colocó dos cartuchos y apretó el gatillo.