La escritura del sonido

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Por Ignacio di Tullio para La Prensa

“Que a tus días nunca les falte música”. Leo esta frase escrita en un papelito que rescato del fondo de mi mesa de luz. Se trata de una dedicatoria que acompañó el envoltorio de un regalo del Día del Padre. Atesoro esa frase porque eso es lo que representa para mí la música, lo que da sentido y ritmo a la vida de un individuo. No importa que se trate de tango, blues, jazz o rock: la falta de música hace que la existencia sea algo difícil de digerir.­

La música me acompaña desde que me levanto hasta que me acuesto. Por la mañana, voy remontando el dial hasta encontrar una estación de tango o folklore que me aligere la ida al trabajo. Mientras corrijo exámenes casi siempre escucho la radio, que cada tanto me distrae con los datos del tiempo y los panoramas informativos. Si salgo a caminar o a correr, siempre con la portátil o el teléfono a mano. A veces, desde mi celular, escucho listas que confecciono especialmente para que me ayuden a cubrir distancias largas. Por las noches, con la radio apoyada en el pecho y los auriculares conectados, voy rascando la ruedita sintonizadora hasta dar con algún programa en la AM. La persiana de la habitación permanece completamente baja y lo único que destella en la negrura del cuarto es la pequeña pero intensa luz LED de color rojo, sobre la cual apoya un dedo para no encandilarme. Me gusta quedarme dormido escuchando las voces de los locutores que poco a poco van desvaneciéndose en un oscuro limbo onírico.­

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EN TRANCE­

La poesía es el único género que se interpone entre mi vida y la música. Me resulta completamente imposible tener la radio encendida mientras escribo versos. Puedo, sí, escribir una nota y hasta un ensayo con música instrumental -jazz o clásica- sonando de fondo. Cuando logro escribir con música me siento dichoso. A un amigo escritor le sucede exactamente lo contrario ya que no puede escribir sin música. En su caso, además, se presenta la particularidad de que debe hacer sonar su equipo a volumen alto. Eso lo hace entrar en una suerte de trance dentro del cual nada de lo que sucede en su casa logra afectarlo.

Mi amigo, que es también traductor, ha inventado una palabra para esta práctica. Lo llama soundwriting, algo así como `escritura sonora’ o `la escritura del sonido’.­

En cambio, cuando me siento a escribir poesía, la mayoría de las veces en las que estoy bloqueado tiendo a buscar justificaciones y modificar rituales para solucionar el problema. Cambio de lapicera, me preparo un café, enciendo un sahumerio, salgo a fumar al patio. Y nada de nada hasta que por fin me doy cuenta de que lo que me perturba es esa música sonando a un volumen casi inaudible desde el radiograbador de la cocina. Después de apagarlo y acomodarme nuevamente en mi silla, espero unos minutos y la cosa comienza poco a poco a fluir.­

No solo me pide que apague la radio ni me deja escuchar música, la poesía, sino que también me obliga a una escritura en el más absoluto silencio, como si tuviera que tapiar puertas y ventanas para solamente escuchar el sonido del lápiz o la lapicera haciendo sus dibujos en la página.­¿Será que, al decir del poeta Arnaldo Calveyra, la poesía es un género con vocación de silencio? O a lo mejor, en la lírica no haga falta música exterior por ser la misma música del lenguaje la que desde las profundidades clama por ser escuchada.