El campo argentino. La globalización y la Doctrina Social de la Iglesia.

Libros para no leer
27 septiembre, 2021
Cuando los espíritus de Mozart y de Bach sobrevuelan sobre la modernidad
4 octubre, 2021

Por Fernando de Estrada para Revista Argentina (Tercera Época)

La relación entre valores morales y actividad económica siempre ha sido discutida, pero  es difícil que un  autor no otorgue preeminencia a los primeros, aunque en muchos casos de manera hipócrita, como sucede igualmente con la política. Ello implica el reconocimiento de una verdad que funciona como una ley de la naturaleza, pese a cuanto opinen en contrario escépticos y maquiavélicos. Una ilustración interesante de lo dicho lo dio Henry George, autor y apóstol de una doctrina de transformación agraria considerada en su tiempo y después como una fórmula de socialismo extremo. No se trata ahora de ensayar un análisis de esa interpretación sino de recordar que en la conclusión de su libro más famoso, Progreso y Miseria, de 1879, al fundamentar el sentido de la obra expresa que su intención ha sido contribuir a que sus lectores puedan gozar del bienestar económico necesario para llevar una vida virtuosa y de ese modo salvar sus almas.

Pero el concepto adquiere su genuino brillo cuando Juan Pablo II, en el número 41 de Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), manifiesta que la Iglesia “no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos u otros, con tal de la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y que ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo…La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una ´tercera vía´ entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una alternativa posible a otras soluciones menos radicalmente contrapuestas, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la formulación cuidadosa de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena, y a la vez trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por lo tanto, no pertenece al ámbito de la teología y especialmente de la teología moral”.

Brota de estos párrafos que la diversidad de soluciones a la diversidad de problemas implica la pluralidad de situaciones históricas y nacionales, las cuales han de encararse de acuerdo a la virtud de prudencia que es el instrumento de la teología moral. En este orden se encuentra el fenómeno de la globalización, al cual el número 16 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia califica como un desafío “que tiene un significado más amplio y más profundo que el simplemente económico, porque en la historia se ha abierto una nueva época que atañe al destino de la humanidad”.

De acuerdo con tal criterio, el Compendio en su N° 299 señala que “el trabajo agrícola merece una especial atención debido a la función social, cultural y económica que desempeña en los sistemas económicos de muchos países, a los numerosos problemas que debe afrontar en el contexto de una economía cada vez más globalizada y a su importancia creciente en la salvaguardia del ambiente natural… Se trata de un desafío de gran importancia, que debe afrontarse con políticas agrícolas y ambientales capaces de superar una cierta concepción residual y asistencial y de elaborar nuevos procedimientos para lograr una agricultura moderna, que esté en condiciones de desempeñar un papel significativo en la vida social y económica”.

Los párrafos recién leídos parecen escritos para describir el proceso vivido por la agricultura, la ganadería y la agroindustria de la Argentina en las décadas recientes, durante las cuales el país recuperó el impulso productivo y creativo que lo habían distinguido en esta materia entre 1880 y 1930, aproximadamente.. Como entonces, se trata ahora de un esfuerzo propio en el cual lo acompañan algunos otros países (particularmente los del Mercosur) pero que no tiene características universales. En efecto, la producción de alimentos suficientes para sus poblaciones no la han logrado muchos países prósperos ni por cierto aquellos sumidos en el subdesarrollo que hasta tienen dificultades severas para importarlos. Estos últimos, aunque en ciertos casos cuentan con algún potencial productivo, no han salido de las situaciones negativas referidas en el N° 300 del Compendio: “las carencias y los retrasos del reconocimiento del título de la propiedad de la tierra y sobre el mercado del crédito; la falta de interés por la investigación y por la capacitación agrícola; la negligencia por los servicios sociales y por la creación de infraestructuras  en las áreas rurales”. Allí corresponde, se afirma en el mismo texto, eliminar estos obstáculos para “los efectos benéficos que derivan de la apertura de los mercados y, en general, de las ventajosas ocasiones de crecimiento que la globalización actual puede ofrecer”.

El Papa Benedicto XVI en más de una oportunidad vinculó el concepto de globalización con el de conservación de los recursos naturales. Así, en su Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz de 2007 señaló que “además de una economía de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar ´humana´ y que a su vez requiere una ´ecología social´. Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres”.

La Encíclica del Papa Francisco Laudato Si’ (24 de mayo de 2015) recoge la tradicional preocupación de la Iglesia por los problemas globales ambientales y expone claramente la conexión de todos sus aspectos. En sus primeros tramos se refiere a las diversas formas de contaminación ambiental que afligen separada o conjuntamente a todos los países del mundo, pero pone su atención principal en el “cambio climático”, forma extrema que no sólo abarca al planeta entero sino que requiere para su resolución o mitigación una serie de reacciones que compromete a toda la humanidad, es decir, una conducta social propia de la globalización.

Este planteo alcanza a los argentinos de manera general como a todos los habitantes de la Tierra y además por situaciones que veremos más adelante. Primero ocupémonos con alguna amplitud de qué significa el cambio climático en cuanto deterioro significativo de la atmósfera.

Es posible que el primer anuncio resonante de la contaminación ambiental haya sido el episodio acontecido en Londres durante el invierno de 1952 cuando los humos industriales se combinaron durante cuatro días con la bruma invernal formando un “smog” (palabra formada por “smoke” y “fog”, “humo” y “niebla” respectivamente), “smog” que intoxicó las vías respiratorias de gran parte de la población y provocó la muerte de centenares de habitantes.

         Las consecuencias de la degradación de elementos naturales por los desechos de la actividad humana manifestadas en aquel caso de Londres no han cesado de repetirse desde entonces con intensidades diversas en muchas otras ciudades del mundo, de manera principal a causa de los humos industriales, las emanaciones de automotores y otro tipo de combustiones. Entre las sustancias contaminantes contenidas en estos vectores prevalecen el dióxido y el monóxido de carbono, los hidrocarburos, los compuestos de azufre y de nitrógeno, el ozono, los aerosoles (partículas sólidas en suspensión), polvos. La contaminación atmosférica incide directamente sobre los seres humanos afectando el sistema respiratorio y en forma mediata a través de la degradación de los vegetales y animales que pueden ser su alimento y por la alteración de las condiciones ambientales.

         En este sentido tienen actualidad los “estados de emergencia ecológica”, frecuentes en capitales como Santiago de Chile y Méjico, donde la saturación del aire por elementos contaminados supera los límites adecuados para la conservación de la salud y obliga al cese de la circulación de vehículos y del funcionamiento de fábricas consumidoras de combustibles de origen fósil.

         En circunstancias normales, la capa de aire que envuelve la Tierra se compone de 21 % de oxígeno y 78 % de nitrógeno; el 1 % restante lo constituyen los gases de invernadero, cuya presencia hace que la temperatura media en la superficie del planeta sea de unos trece grados (o los inquietantes quince actuales) y no de dieciocho bajo cero, como sería si ellos faltaran. Al igual que el oxígeno y el nitrógeno, los gases de invernadero permiten el paso de las radiaciones infrarrojas solares, pero a diferencia de los dos elementos mayoritarios “atrapan” parcialmente a dichos rayos del Sol, que al tocar tierra se reflejan y volverían al espacio exterior si los mencionados gases no obstruyeran parcialmente su fuga. En esto consiste el “efecto invernadero”, llamado así por su similitud con el cultivo de plantas tropicales en compartimentos de vidrio.

         Desde comienzos del siglo XIX, con el advenimiento de la revolución industrial, la cantidad de dióxido de carbono presente en la atmósfera ha aumentado considerablemente. Esta sustancia la genera el consumo de combustibles de origen fósil como la hulla, el petróleo y el gas natural, y también es consecuencia de fenómenos naturales como erupciones volcánicas y metabolismos de la biomasa. Junto con el óxido nitroso, el ozono, los gases de refrigeración o clorofluorocarbonados (CFC) y el metano, el dióxido de carbono integra el conjunto de los gases de invernadero, de los cuales hoy el dióxido de carbono representa la mitad y el metano el veinte por ciento.

         Se atribuye al aumento de la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera haber potenciado los alcances del efecto invernadero causando así el ascenso de la temperatura global. La persistencia de este proceso determinaría el calentamiento de nuestro planeta según el ritmo del aumento de las temperaturas medias establecido fidedignamente desde 1860, y con mayor precisión desde 1880, a un siglo de los inicios de la revolución industrial. Ese registro configura una pendiente en ascenso que marca en su punto inicial 13,8 ° y culmina en los casi quince grados actuales. La coincidencia entre el aumento de la temperatura y la presencia de los contaminantes de origen antrópico en la atmósfera es sumamente llamativa. La persistencia de este proceso determinaría un cambio climático entre cuyos efectos figuraría el derretimiento de glaciares y de los casquetes polares, los cuales aportarían más agua al mar con el consiguiente anegamiento de las regiones costeras e isleñas bajas.

         La variación climática ocasionará asimismo modificaciones en el régimen de precipitaciones de lluvia y nieve, con corrimiento de las condiciones regionales de productividad y pérdida de superficie de las tierras útiles. El aumento de la temperatura de los mares, a su vez provocaría la reorientación de sus corrientes con efectos meteorológicos inexistentes hoy en las respectivas zonas de influencia; esto tiene especial referencia con la dirección de los vientos y las magnitudes de sus intensidades.

         Las reacciones de la comunidad científica ante el calentamiento registrado desde 1880 han sido disímiles según las épocas. En 1930 la revista Science formuló la siguiente afirmación: “Es posible que el Polo Sur y el Polo Norte se vuelvan lugares útiles y habitados”. Por entonces la discusión científica no incluía el factor contaminación y en cambio atendía como tema principal a los ciclos alternativos de las glaciaciones, más prolongadas, y de los intervalos cálidos. Conservaba cierta autoridad la teoría de James Croll elaborada en el siglo XIX según la cual existen ciclos astronómicos que determinan la aparición de las eras glaciales. En la década de 1920 Milutin Milankovitch mejoró los cálculos de Croll, especialmente los relativos a los ángulos de incidencia de los rayos solares. A su vez, Wladimir Köppen, un eminente climatólogo, respaldó a Milankovitch y hacia 1940 la teoría de los ciclos astronómicos parecía confirmada.

Milutin Milankovitch

         Diez años después, la aparición de la técnica del Carbono 14 obligó a modificar la teoría astronómica al demostrar que las apariciones y retiradas de las eras glaciales no correspondían exactamente con aquellos ciclos. En 1947, el químico nuclear Harold Urey descubrió otro método que consistía en medir la cantidad de isótopos de oxígeno presentes en fósiles correspondientes a los diversos estratos geológicos. Cesare Emiliani, de la Universidad de Chicago, puso en práctica el método con el resultado de que en 1955 publicó un informe considerado fundamental para la paleoclimatología en el cual aparecen por primera vez las estadísticas prolijas de las temperaturas de las edades de hielo. En 1966, el mismo Emiliani pronosticó que “una nueva glaciación comenzaría dentro de pocos miles de años”. En 1972, con el apoyo de muchas experiencias prácticas, declaró que “pronto nos confrontaremos con una fuerte glaciación (entendiendo la palabra ´pronto´ en su dimensión geológica más que milenaria) pero el efecto invernadero causado por las emisiones humanas podrá contrarrestar la influencia de las órbitas, de modo que podríamos en cambio enfrentarnos con una fuerte ´desglaciación´”. Es interesante el itinerario de Emiliani hasta su aceptación del calentamiento global como consecuencia de la actividad antrópica, quizás como insinúan sus palabras preferible a una era polar. También es notable  su referencia a las órbitas, que evidentemente alude a una interpretación astronómica de los cambios climáticos aunque su ritmo no sea inmediato como en las teorías de Milankovitch y Köppen sino que debe establecerse por otros métodos experimentales.

         El clima, en efecto, es una realidad compleja y delicada que suele ofrecer sorpresas, como que el efecto invernadero pueda causar una era glacial. En efecto, hace aproximadamente doce mil años concluyó la última edad del hielo, de la cual quedan muchas evidencias, y las gruesas capas de hielo se restringieron a las regiones polares. Los bloques helados del centro de América del Norte se derritieron y formaron lagos y ríos cuyas aguas comenzaron a fluir al mar, con una velocidad acelerada a medida que subía la temperatura ambiente. Así, el mar absorbió en poco tiempo una masa gigantesca de agua dulce que le alteró su salinidad y modificó el régimen de las corrientes.

         Con la del Golfo ocurrió algo muy peculiar, pues directamente se interrumpió y por consiguiente dejó de llevar sus aguas cálidas hasta las proximidades de Europa, que en pocos años retrogradó hasta las condiciones glaciales mientras la mayor parte del planeta gozaba ya de temperaturas templadas. La situación varió solamente cuando cesó el aflujo desmedido de las aguas de deshielo y la corriente del Golfo volvió a funcionar como lo hace hasta ahora. Se trata de un complejísimo mecanismo regulador del clima de gran parte del planeta, y por ello no podemos afirmar que aquella detención de la corriente del Golfo no haya traído también consecuencias graves en otros lugares del mundo vinculados a su red oceánica.

         La sucesión de períodos fríos y cálidos de tiempos posteriores ofrecen asimismo incógnitas sobre su origen. Emmanuel Le Roy, en Historia del clima desde el año mil, aporta el resultado de investigaciones demostrativas de que entre los años 900 y 300 antes de Cristo se extendió un período frío y húmedo que en el hemisferio norte desplazó los desiertos hacia el sur y favoreció así el desarrollo de la civilización grecolatina.

         Los setecientos años posteriores (300 A.C. – 400 A.D.) se caracterizaron en lo climático por su mayor calidez y sequedad, lo cual significó dificultades en las culturas ribereñas del Mediterráneo pero que el Imperio Romano resolvió expandiéndose hacia el norte y desarrollando nuevas tecnologías agrícolas en las regiones del sur vueltas semiáridas.

         La siguiente época fresca y húmeda se extiende entre el 300 y el 750, coincidentemente con las migraciones hacia el sur de los pueblos germánicos. Después, hasta el 1200, el retorno de las condiciones de calor y sequedad tuvo otros efectos que la similar anterior: “Aun cuando el alza de las medias térmicas anuales…haya continuado siendo inferior a un grado centígrado, no por ello dejó de ejercer su influencia sobre las cualidades de los suelos cultivados, teniendo en cuenta el estado de las técnicas agrícolas de esos tiempos”, refiere el medievalista Georges Duby en Guerriers et paysans.

         El período 1300 – 1850 fue más húmedo y frío, con especial aspereza durante el siglo XIV, el de la peste negra y los trastornos que hicieron retrogradar los altos niveles de cultura y civilización de la centuria anterior. Después comienza el período actual, caracterizado por el aumento de la temperatura en poco menos de un grado centígrado. La relación de este aumento con la incorporación a la atmósfera de los gases de efecto invernadero ha permitido calcular de acuerdo con los modelos matemáticos utilizados que la temperatura media del planeta podría incrementarse entre dos y cinco grados más, ingresándose en situación de peligro al superar los dos grados.

         El hecho de que la alternancia de las eras climáticas se haya dado hasta el presente sin la intervención humana ha suscitado dudas acerca de si las cosas hayan podido cambiar tanto como para que la contaminación atmosférica provocada por los efluentes de los combustibles fósiles resulte ahora el factor decisivo. A la confrontación con estas dudas marchó William Nordhaus, Premio Nobel de Economía de 2018. En 1976 publicó un artículo de gran resonancia titulado “Crecimiento económico y cambio climático”, donde identificaba y cuantificaba los costos de las emisiones contaminantes de carbono, que en el caso de que a fines del siglo XXI la temperatura global se incrementara en 3,4 grados representaría el 2,8 % de la producción mundial.

         Algunos años antes, en 1972, Nordhaus había ya incursionado en el tema junto con James Tobin con un artículo también de fuerte repercusión: “¿Está obsoleto el crecimiento?”. Conviene recordar que Tobin se hizo célebre con su propuesta de establecer una tasa sobre las transacciones financieras internacionales a fin de impedir que se transformaran en burbujas especulativas. Ese sentido de alta política brilla también en el mencionado artículo, pues allí ambos autores destacan que la verdadera amenaza del cambio climático no está tanto en el costo económico como en el costo social “de los abruptos cambios de temperatura, los trastornos ecológicos, las presiones sobre las economías en desarrollo y las inundaciones graduales que acompañarán el aumento del nivel del mar”. Más tarde, Nordhaus sostuvo indeclinablemente que la Tasa Tobin debía adaptarse al cambio climático y generar un impuesto internacional al uso de los combustibles fósiles, que fuera disuasorio  o por lo menos sirviera para la mitigación de sus efectos.

         No obstante, Nordhaus al igual que tantos activistas políticos y sociales comprometidos con la causa del desarrollo humano percibe que sería un error contraponerla a la seguridad ecológica. En rigor, un desarrollo humano integral supone un medio ambiente digno, y recíprocamente unas condiciones ambientales sanas indican un grado de desarrollo deseable. Nordhaus piensa además que los riesgos ciertos de deterioro ecológico hallarán el remedio tecnológico que los conjure, y en tal sentido no se debe temer el avance del crecimiento económico.

         Distinta es la actitud de los organismos de las Naciones Unidas como el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, conocido por sus iniciales IPCC, que se inclinan hacia una ralentización del desarrollo en aras de una rebaja significativa de los gases de efecto invernadero. Su visión del futuro omite las posibilidades correctivas que pronostica Nordhaus, y por consiguiente proyectan los modos de producción actuales, por lo cual sus cálculos indican que en el período que va de 2010 a 2040 el consumo mundial de energía habrá aumentado 56 %, con el consumo de petróleo pasando de 91 millones de barriles diarios a 115. En su Informe de 2013, el IPCC estima en un 95 % la posibilidad de que el aumento de la temperatura global desde 1880 se deba a causas antrópicas. Pese a lo rotundo de esta cifra, es relativamente alta (aunque se trate de un magro 5 %) la opción por causas naturales. De uno u otro modo se trata de un panorama ominoso: la temperatura promedio aumentará entre 0,3 y 4,8 grados, y el nivel del mar entre 26 y 82 centímetros.

         Asimismo, las Cumbres de Cambio Climático de las Naciones Unidas (que llegaron a su número 24 en 2018) perseveran en la política de fijar limitaciones a las emisiones de gases contaminantes de los miembros de la comunidad internacional y de requerirles renunciamientos a sus propios planes de desarrollo. Los mayores emisores son China, Estados Unidos y la India, en ese orden. China y la India están comprometidos en proyectos de desarrollo que les han permitido salir de la pobreza colectiva y no les interesa modificarlos, y en cuanto a Estados Unidos si hubiese adherido al Protocolo de Kyoto (producto de otra Cumbre) de diciembre de 1997 debería haber aportado para su implementación la suma de 125.000 millones de dólares anuales, según estimaciones de William Nordhaus. Por supuesto, no incurrió en ese gasto, y eso porque los gobiernos tienen su propia y peculiar lógica.  

         Tanto las autoridades políticas de una democracia representativa como las de un sistema de partido único tienden a no comprometerse a efectuar gastos de interés público elevados si entre sus gobernados no existe consenso acerca de su necesidad; a la inversa, procuran evitar en esos casos una imagen que se pudiera interpretar como de derroche. Se trata de una situación acostumbrada en materia de problemas ambientales, respecto a la cual corresponde ser optimista a mediano plazo. Otros aspectos de la contaminación ambiental registrados más tempranamente por la opinión pública han suscitado reacciones profundas que condujeron a medidas estatales y modificación de costumbres aptas para solucionar los problemas, y así deberá suceder con el cambio climático.

         Para ello es preciso esclarecer cómo las políticas de desarrollo no son en sí mismas contaminantes y en consecuencia perversas. Por el contrario, se debe tener permanentemente en cuenta que el crecimiento económico no se da en el vacío como aplicación de una utopía sino que debe responder a necesidades concretas que sólo pueden encararse con las tecnologías adecuadas, concebidas y aplicadas para épocas y regiones claramente definidas. Como ejemplo positivo en el ámbito nacional podríamos citar al respecto el trabajo Mapas de riesgo de déficit y excesos hídricos en los cultivos según escenarios de cambio climático, producido por la Secretaría de Agroindustria de la Nación. Allí se identifican los puntos del Nordeste argentino donde el cambio climático puede ejercer efectos perniciosos en los cultivos, los espejos de agua, las comunicaciones, etcétera, con lo cual se señalan a la vez cuáles son los puntos donde es urgente la ejecución de obras públicas o por lo menos la aplicación de medidas preventivas.

         También es preciso que lleguen a la opinión pública informaciones de suma importancia que usualmente no trascienden a las instituciones involucradas directamente en ellas. Es el caso de un documento publicado muy recientemente por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) titulado El estado de la seguridad alimentaria y nutricional en el mundo: edificando la resistencia al clima (Informe 2018). Nos enteramos por su lectura de que ha habido retrocesos en la lucha contra la desnutrición en gran medida a causa de las variaciones del clima y por calores extremos. “En especial”, se afirma allí, “la situación es peor en países cuyas poblaciones dependen de la agricultura…En Brasil, Etiopía, Indonesia, en Asia Central y el este de África las anomalías de la temperatura han provocado en las zonas agrarias aumento de la mortalidad, descenso de la capacidad laboral, reducción de las cosechas y otras consecuencias que carcomen los niveles mínimos de la seguridad alimentaria y nutricional”.

Hay que añadir a estas consideraciones los estudios relativos a los riesgos biológicos que implica la superposición de zonas urbanas o de actividad agropecuaria o minera con zonas naturales como bosques y humedales. Jean Jacques Muyembe Tamfum, uno de los descubridores del virus de ébola en 1976, ha declarado que Covid 19 es una enfermedad zoonótica en una serie de patologías originadas en la ocupación desordenada de las regiones boscosas. Dice: “Si vas al bosque alterarás su ecología, y entonces insectos y roedores saldrán de allí y vendrán a los pueblos, trayendo los virus de un nuevo tipo de enfermedades que ya han comenzado a ser llamadas enfermedad X”.

Este tipo de previsiones suele ser utilizado en forma exagerada por ciertos organismos internacionales y grupos ecologistas para fustigar a la agroindustria y sus ocupaciones territoriales como ejemplos de su supuesta desaprensión por el ambiente. Se suma esta modalidad a las acusaciones, generalmente infundadas, a propósito de las consecuencias negativas de la ingeniería genética y del uso de agroquímicos sobre la salud humana. Podemos reconocer en estos sectores la continuidad que los une a otros florecientes a mediados y fines del siglo XX, como el Club de Roma, que patrocinaban el retroceso tecnológico y el invierno demográfico como alternativas ecológicas a la contaminación, la hambruna universal y el agotamiento de los recursos naturales. La renovación de sus movimientos no puede ocultar el fracaso de sus predicciones.

No obstante, alcanzan para alentar militancias pintorescas y a veces violentas en pro de causas como el repudio al consumo de productos de origen animal; no se trata tanto de afecto hacia los vivientes no racionales, sino de la presunta huella de carbono que dejaría su crianza. Asimismo, la agricultura es estigmatizada como factor de desforestación y emisora de carbono. Desde luego, la reputación de los productos argentinos puede ser lastimada con estos ataques.

Entretanto, las medidas que van tomando los gobiernos para mitigar el cambio climático se orientan principalmente a evitar la circulación de mercaderías con huellas de carbono. Este concepto se refiere a la generación de efluentes de carbono durante cualquiera de las etapas de elaboración de un producto determinado. La Unión Europea ha consagrado este año el llamado “Pacto Verde”, que consiste en la paulatina prohibición de tales productos, especialmente los llegados por importación.

En este sentido, las exportaciones agropecuarias argentinas no tienen nada que temer al respecto. Su ganadería se desarrolla a campo abierto, lo cual significa que los animales se alimentan con pasto verde siempre renovado, sin los riesgos de emanaciones de establo propias del sistema europeo de producción de carnes. También la siembra directa, de la cual la Argentina es pionera y maestra, impide la absorción por la atmósfera del carbono de la tierra removida por arado; al contrario, se da el fenómeno inverso de que el terreno captura el carbono del aire. Estas son algunas de las ventajas sustanciales de los modos de producción argentinos. Nuestro país, pues, se encuentra en condiciones sumamente favorables para competir en los mercados internacionales donde se otorga importancia fundamental a la presencia o ausencia de la huella de carbono. Es un hecho político imposible de ser soslayado si se pretende participar activamente en el comercio internacional y una nueva demostración de que las preocupaciones ambientales han alcanzado categoría de valor social y cuestión de Estado.