Libros para no leer

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Por Ignacio di Tullio para La Prensa

Sucede cada vez que me tomo vacaciones. Pasada una semana del comienzo del viaje–y a pesar de haberme asentado en el lugar elegido—, tengo la extraña sensación de que una parte de mí no llega a destino. Como si mi cuerpo y mi espíritu estuvieran desasociados, hay una mitad que no termina de acomodarse, se siente molesta e irritable. No logra reconocerse porque reniega de la mitad faltante. 

Tardo en darme cuenta de que no termino de llegar del todo porque mi parte ausente se ha quedado en mi casa, con mis libros. Por más cómodo que sea mi hotel, cuando estoy lejos de ellos me cuesta habitar un espacio porque estar en casa sobre todo significa estar cerca de mi biblioteca. Sus estantes prestan hogar a los preferidos, a los olvidados, a aquellos cuya lectura no disfruté. Y también a los libros por leer, lecturas “en potencia” a las que, literalmente, me debo. 

Por más descabellado que suene, cada vez que me alejo de mi biblioteca se activa en mi cabeza la posibilidad de que no volvamos a vernos. Por eso, a manera de antídoto, cargo siempre libros de más en las valijas, libros que con seguridad no tendré tiempo de leer. Si se trata de un viaje de varias semanas, en ocasiones saco a pasear pilas enteras, una suerte de esmerada y surtida selección de suplentes. De libros a los que no llegaré. 

En el primer día de una hipotética vacación ideal, separaría a todos aquellos libros para los que “no alcanza la vida” y me sentaría a leerlos tranquilamente, uno a uno. El precio de los pasajes de esa vacación equivaldría a renunciar a todas los lugares comunes que le ponen distancia a esos libros.  Pero, ¿quién no pagaría para que lo lleven a esa isla remota donde el tiempo, simplemente, alcanza?

No hay lugar para utopías en esta otra vacación, que lejos de ser soñada es lapidariamente real e incompleta y va pasando los días sin importarle mi media falta. Lo cual me produce un terrible dolor: que no me sienta de vacaciones. 

No sé muy bien en qué momento se produce el enroque, el instante en el que todo se ajusta. La parte de mí mismo que había llegado a medias de pronto comienza a sentirse como en casa. Sucede cuando, en el nomadismo de los libros que reposan en un improvisado estante del hotel, vislumbra el espejismo de una biblioteca. Y tan solo eso basta para que, a miles de kilómetros, la parte ausente pueda soltar  la cifra de la biblioteca doméstica de esos otros libros, que también esperan por ser leídos. 

En cada uno de mis viajes, la parte de mí que se ausenta es hablada por los libros a los que nunca llego. Pero paradójicamente, esa misma parte termina de llegar  a destino cuando advierte que arribó a la calidez familiar de una postergación. Los libros viajeros se convierten en ese lugar al que finalmente llego, aunque siempre demorado, como en diferido. Solo cuando lo enuncio para mis adentros, solo entonces comienza el verdadero descanso.