El beato fray Mamerto Esquiú y el liberalismo católico

In memoriam Héctor Humberto Hernández (h)
18 octubre, 2021
Dos conciertos unidos por la calidad y el refinamiento
20 octubre, 2021

Por Horacio Sánchez de Loria Parodi para Revista Argentina (Tercera Época)

1. Introducción

La figura de fray Mamerto Esquiú (1826-1883) ha vuelto a cobrar actualidad. Este hombre sencillo, humilde, de gran cercanía a los pobres y necesitados, que en 1872 rechazó por considerarse indigno el arzobispado de Buenos Aires y, por obediencia, llegó a ser consagrado en 1880 Obispo de Córdoba, ha sido elevado a los altares en septiembre de 2021.

Lamentablemente, para la mayor parte de la historiografía, su nombre se halla asociado a los fastos por la Constitución de 1853. De este modo su actuación y su rico pensamiento se ha desfigurado hasta reducirlo al de un panegirista constitucional. Incluso con abuso de lo hiperbólico, se lo ha llamado el santo o el apóstol de la Constitución. También hay voces menores que usan ideológicamente su figura para justificar posiciones alejadas de su ideario.

Es cierto que pidió aceptar la norma sancionada en 1853, pero por motivos prudenciales, dado el dramático cuadro de anarquía y despotismo que envolvía nuestra vida pública. A posteriori su visión cambiaría notablemente.

Fray Mamerto Esquiú fue un hombre contemplativo en la acción, como lo revela su diario íntimo, Diario de Recuerdos y Memorias. Su actuación pública, por tanto, fue una proyección de ese espíritu, que miraba las cosas temporales sub especie aeternitatis.

Más allá de las limitaciones de su formación, sus pasos no estuvieron guiado por los principios del republicanismo liberal, sino por el pensamiento clásico, fundamentalmente el de Santo Tomás de Aquino. Hay muchas citas del Aquinate en sus sermones, sus escritos periodísticos, en su diario íntimo, raro ejemplo si tenemos en cuenta que recién en 1879 a través de la Encíclica Aeternis Patris, León XIII restauró los estudios de la filosofia perennis en el seno de la Iglesia.

2.Los sermones patrióticos

A lo largo de su vida Esquiú predicó una serie de sermones en momentos importantes de la vida política del país. Ellos son una fuente privilegiada para descubrir los principios políticos que lo guiaron, y además constituyen un modo interesante para analizar el derrotero institucional del país entre 1853 hasta 1880.

El más recordado fue el iniciado con aquéllas palabras bíblicas Laetamur de gloria vestra[1], aunque poco leído y analizado en detalle, pronunciado en la iglesia matriz de Catamarca el 9 de julio de 1853 a raíz de la jura de la Constitución.

En aquél sermón del 9 de julio de 1853 pidió aceptar la Constitución, frente a las resistencias que se suscitaron en varios sectores católicos-entre ellos Pedro Alejandrino Zenteno, diputado que representó precisamente a Catamarca en la convención constituyente de Santa Fe- pero la razón estaba fundada, como decíamos, en motivos prudenciales, con serios reparos que rara vez se toman en cuenta, como por ejemplo sus críticas al principio moderno de la soberanía[2]. La situación que se vivía en el país era calamitosa, tras Caseros y Pavón, el país estaba anarquizado. 

La Batalla de Caseros. Óleo de José Manuel Blanes.

Buenos Aires, escindida del resto de la Confederación, rechazó la Constitución, pues no quería perder su predominio político-económico y cultural, hecho del que Esquiú era muy consciente. En la legislatura de Buenos Aires hasta hubo mociones para tirar el texto constitucional por la ventana, “para que lo recogiera quien quisiera”.

El gobierno porteño-con el apoyo del correntino de ese entonces-no sólo se opuso a la Constitución, sino que intentó anarquizar el interior enviando tropas a Entre Ríos y Santa Fe, a fin de provocar la disolución del congreso constituyente. 

El puerto era el símbolo de la vida moderna, del unitarismo político-cultural y económico-fiscal, del cosmopolitismo, el foco de la Kulturkampf desatada con más fuerza en el ochenta. El cónsul español en Buenos Aires, Miguel Jordán y Llorens, informaba al gobierno peninsular el 26 de enero de 1860.

«La opinión más general (…) es que el partido exaltado con quien parece se halla de acuerdo el Gobierno, pone y pondrá todos los obstáculos posibles a la incorporación de este Estado a la Confederación.(…).Estos hombres infatuados con la posición topográfica que tiene Buenos Aires, con sus hábitos arrogantes y de chicana, así como con el mayor adelantamiento en que se halla este Estado comparado con el resto de la Confederación, y con las ínfulas que siempre han tenido de independientes, entrarán difícilmente a cumplir lo pactado con el general Urquiza».

James Scobie señalaba

«La división entre los porteños y los provincianos era muy honda. Los intereses porteños se nucleaban en el intercambio comercial con Europa, y el desarrollo y la prosperidad del agro. (…) Las provincias, por su parte, buscaban la protección y el apoyo a sus industrias locales y a su comercio (…) Los intereses estaban divididos (…) entre los que deseaban importar una cultura europeizada y los defensores de la tradicional herencia hispánica, entre los que apoyaban un fuerte gobierno central y los que preferían la autonomía de las provincias».

3. Tras Pavón

Tras la batalla de Pavón del 17 de septiembre de 1861 en la que Buenos Aires derrotó a las provincias, Esquiú se sintió totalmente decepcionado del curso institucional del país.

En el sermón que pronunció en la matriz de Catamarca, con motivo de esa batalla, sostuvo

«El error, los sacrilegios, las injusticias, la más abyecta sensualidad siguieron dominando en nuestras costumbres, hasta que por fin ha llegado el día de la guerra, el azote de los réprobos (…). Huyendo siempre de Dios, hemos caído en las implacables y cruelísimas manos de los hombres».

Destacó que

«Las calamidades públicas son grandes voces con que el Señor nos llama al arrepentimiento. Nuestras costumbres han permanecido siempre las mismas. El orgullo, la crueldad, el odio y la voluptuosidad siguieron dominando nuestras ciudades y campañas; todas las lenguas rebosaban sensualidad, los tribunales de justicia, las prensas enviaban al oído de todos, palabras de mentira e impiedad».

La Batalla de Pavón. Óleo de Ignazio Manzoni.

Esquiú tocó el meollo del problema político que se vivía

«Digámoslo de una vez con la santa libertad del cristiano: el espíritu de impiedad y de rebelión es la verdadera furia que agita el corazón y las manos del pueblo americano para que este en perpetua guerra consigo mismo. (…), con la piedad cristiana ha desaparecido igualmente todo patriotismo, desde que no se respetan las leyes, las instituciones. (…). Vosotros estáis viendo que no hay cosa sagrada que no se haya atacado: doctrinas, instituciones, personas, por el sable del soldado, por la pluma del periodista, por las leyes y por su administración, en todo y por todos los medios posibles se ha hecho guerra a Dios y se le está haciendo todavía ¿cómo, pues, podríamos tener en paz entre nosotros mismos?»

Decepcionado entonces del curso político, se fue a Tarija, luego pasó a Perú y Ecuador y tiempo después visitaría Roma y Tierra Santa. Previamente a su partida envió al diario catamarqueño El Ambato un texto epitafio en el que decía

«AQUÍ YACE

La Confederación Argentina

Murió en edad temprana

A manos de la traición, de la mentira y del miedo

Que la tierra porteña le sea leve

Una lágrima y el silencio de la muerte

Le consagra un hijo suyo (Fr Mamerto Esquiú)».

4. Su rechazo al liberalismo católico

En 1875, como una muestra de su estado de ánimo sobre la deriva institucional del país, destacó

«Hace bastantes años que no puedo, por más que quisiera, hacerme ilusión sobre el valor real de nuestras Constituciones y las nuevas ediciones y reformas que ser hagan de ellas; lo único que puede buscarse en ellas es la salvación de un principio en el naufragio del orden y las buenas costumbres que se padece     Ateniéndome a esta dolorosa convicción, ya que me halle á tiempo, quise llevar por mi parte el sagrado nombre de Jesucristo a la frágil tablilla de nuestra Carta. Nada más que honor y acatamiento a este nombre hemos pedido, y solo esto ha sublevado los ánimos de gente liberal e ilustrada. Pero esa alarma es una señal infalible de que Dios vive aun en el fondo de almas adormecidas por la indiferencia y por la vista y comodidad de ciertos progresos materiales y muy afanadas de andar por aquel camino de que nos hablan los libros santos en que siempre se aprende y nunca se llega al conocimiento de la verdad. Esta es una señal que consuela y que llama al trabajo por la causa de Dios».

El punto central de la cuestión política, subrayó Esquiú en el sermón de 1875 en la matriz de Catamarca, descansa en que

«Un pueblo católico no puede prescindir de que es católico cuando se trata de su vida pública, de su organización política, de sus leyes y administración gubernativa. De donde se sigue que las fórmulas Iglesia libre en el Estado libre, separación de la Iglesia y el Estado, libertad de cultos con prescindencia de religión en el orden político son anticatólicas como lo es ésta que las comprende: debe separarse la Iglesia del Estado y el Estado de la Iglesia»

En 1878, en el marco de la reforma de la Constitución provincial de 1855, presentó un proyecto de Constitución, en el que intentando desprenderse del molde racionalista de la naturaleza del constitucionalismo, sostenía en el artículo 6 que

«El pueblo y la Constitución de Catamarca reconocen en las leyes y las autoridades legítimas no un poder convencional, sino el poder que viene de Dios, fuente única del deber y del derecho».

Esquiú, rechazaba el liberalismo católico, tan presente en esa época en Francia y Bélgica, si bien extendido por todo el mundo y con representantes entre nosotros, como por ejemplo José Manuel Estrada.

Estrada adhirió explícitamente al liberalismo católico entre aproximadamente 1862 y fines de la década del setenta. Posteriormente se retractó en una especie de carta o manuscrito dirigido a su familia, publicado íntegramente por sus nietos Santiago y José María de Estrada, en el número 8 de la revista Sol y Luna de 1942. En ese manuscrito, Estrada reconoció haber tenido. Estrada señaló en esa carta

«la mala fortuna de pensar que el régimen a cuya sombra veía prosperar el catolicismo en los Estados Unidos podía ser preconizado como una situación correcta y universal del conflicto que me parecía argentino y era en realidad del mundo entero. Por eso me sedujo durante algún tiempo el espíritu bien intencionado pero paradojal de los que en Bélgica y Francia se llamaron antes del Concilio Vaticano católicos liberales. Doy gracias a Dios que me abrió los ojos y disipó de mi alma estas ilusiones (…), la liturgia sagrada fue la primera escuela de reacción contra los errores de mi tiempo que como a la enorme mayoría, si no es mucho decir a todos mis conciudadanos, me había en cierta medida, contaminado. Obligado me vi a rehacer pieza por pieza y totalmente mis opiniones sociales, políticas y jurídicas. En una palabra, vi y luego el Padre de las Luces me dejó ver íntegra y pura la verdad católica. El cristianismo es el reino de Cristo sobre las almas y las sociedades. Qué idea tan sencilla, tan luminosa y tan difícil de percibir cuando se envenena desde la niñez en una atmósfera de filantropía que es una verdadera antropolatría. Examinada desde este punto de vista la historia y la política de mi país comprendí todo lo que hasta entonces había percibido y me repugnaba sin entenderlo bien. Las paradojas revolucionarias y naturalistas dominaron el país desde la emancipación nacional. (…). Desde aquél momento me hice cargo de que era forzoso buscar la salvación restaurando la doctrina y las instituciones según el principio cristiano. Comprendí otras dos cosas. Una que era necesario obrar. Otra que no podía obrar sino rompiendo valientemente con las fuerzas mundanas que dominaban la república».

Los liberales católicos propugnaban, en el marco de la aceptación de las nuevas reglas del juego implantadas por el constitucionalismo liberal, la libertad de culto y la separación de la Iglesia del Estado.

Contrarios a la tradición jacobina, optaban por el modelo político-jurídico de los Estados Unidos, e decir proponían la americanización de las instituciones políticas; la propuesta la sintetizaban con aquél lema «la Iglesia libre en el Estado libre o la iglesia en el derecho común», tal como lo expresó Montalembert en 1863.

En 1871 José Manuel Estrada publicó un artículo, La Iglesia y el Estado, en el número X de la Revista Argentina que dirigía, en el que expuso claramente su posición liberal de entonces; pugnaba, por lo tanto, por la separación de la Iglesia del Estado, acompañando, si bien por otros motivos, a los laicistas de esa convención.

El artículo era una extensión de sus intervenciones en la convención constituyente de la provincia de Buenos Aires desarrollada entre 1870 y 1873, encargada de modificar la Constitución local de 1854.

Le contestó Félix Frías, acreditado en ese momento en Chile, a través de un artículo del mismo título que se publicó en el mismo número de la revista, en el cual rechazaba la posición de Estrada, mostrando como el axioma de Montalembert había servido para perseguir a la Iglesia, por ejemplo, en la Italia del conde Cavour. 

Félix Frías

Esquiú, como decíamos terció en aquel debate, que por otra parte se daba en todo el mundo; se refirió al tema tanto en el sermón del 24 de octubre de 1875 en la matriz de Catamarca, como posteriormente en un largo artículo que fue publicado el 1 de febrero de 1876 en la Revista Argentina.

Fray Mamerto no sólo rechazó la posición liberal-católica de Estrada, que nos llevaría al ateísmo social como en los Estados Unidos, subrayó, sino también la valoración que éste hacía del período hispánico, al que Esquiú consideraba que aventajaba al siglo XIX en moralidad, suavidad de costumbres y respeto a la familia.

«Sentimos que el tiempo haya ejercido una influencia tan despótica en el ánimo ilustrado del autor que haga un juicio tan duro de un pasado que si no tiene el brillo y la actividad del presente, le aventaja con mucho en moralidad, en suavidad de costumbres, en carácter ingenuo y sobre todo en el domesticismo, en el amor y el respeto que era como el alma de la familia».

Además, Esquiú resaltó aquélla cultura, impregnada de la fe cristiana

«Moralidad superior, adhesión profunda a la Fe reconocería el que leyese la historia de Santa Rosa de Lima y de sus contemporáneos Santo Toribio de Mogrovejo, San Martín de Porres y otros; Quito nos presenta a una María Ana de Jesús Paredes, México un Sebastián de Aparisio ¿Y no desembarcaba en estas mismas orillas del Plata un Francisco Solano, Apóstol de Sud-América? ¿Qué decir sobre los Obispos y precisamente sobre el nunca bien ponderado José de San Alberto? (….). Su crimen es el Catecismo Real, pero este viene a reducirse a una fidelidad quizás exagerada, pero siempre noble, como fue la de aquél ángel del dolor, el Ilustrísimo Orellana, que abrazaba y mezclaba sus lágrimas con las víctimas de la Cruz Alta»[3].

En el aludido sermón del 24 de octubre de 1875, Esquiú destacó que

«la bandera del enemigo (…) lleva inscrito en sus anchos pliegues la palabra libertad y su asta es libertad y en la frente de cada soldado está marcada a fuego la palabra libertad y en su boca ésta sola palabra es todo el derecho moderno, y lo que es más, una ciencia completa, la ciencia nueva (…) cuanta confusión reina en el sentido de esta palabra (…) invocada como derecho, como razón suprema que hace lícitos todos los crímenes, todo trastorno y revolución, que justifica ríos de sangre que corren y cubren como un escudo de honor a los que son asesinos de millones de hombres».

Y proseguía fray Mamerto, subrayando un punto político esencial.

«He oído una (…) objeción fundada en que el cristianismo es asunto de las conciencias privadas y que en el orden público no hay sujeto religioso. Si el orden público fuese una mera abstracción me esforzaría, señores, por colocarme en esa región de lo abstracto y estudiar allí sus propios principios y relaciones; pero yo veo y no puedo dejar de ver, que el orden público no es sino el agregado de los derechos, intereses y deberes de las conciencias privadas, elevado todo a una región más alta que la del individuo y la familia, pero siempre inferior a Dios, la soberana causa del orden social (….).En mi yo no siento sino una sola conciencia de católico, sea que cumpla la modesta y santa misión de hablar desde esta cátedra, sea que me hubiese tocado el honor de ocupar vuestra tribuna. Comprendo que puede uno faltar a su conciencia, pero no que un hombre pueda tener varias conciencias según los tiempos y oficios o que salvo la honradez pueda echar un paño mortuorio sobre la única que tiene cuando penetra en la Sala de los legisladores».

Esquiú sostenía la necesidad de fundar el orden social en los principios cristianos, mucho más en un pueblo que en su inmensa mayoría era católico; el Evangelio debía «informar el espíritu de las instituciones, el aroma de las costumbres, el alma de la existencia y ser el principio regulador de los destinos».

Haciendo referencia a la Constitución nacional, dirá en el sermón de 1875

«la carta federal ha proclamado la libertad de cultos para toda la república, yo no quiero pensar que nuestros legisladores se hayan creído autorizados para acordar igual derecho a la verdad y al error, ni que su ánimo fue establecer la irreligión por principio, sino que por libertad quisieron decir tolerancia».

Quizás haciéndose eco de esta afirmación de Esquiú, unos años después José Benjamín Gorostiaga, uno de los redactores de la Constitución de 1853, que también formó parte del movimiento católico del ochenta, declaró en 1884 al periódico Eco de Córdoba, que la libertad de culto consignada en el artículo 14 del texto constitucional, debía entenderse como tolerancia, es decir entenderse como la aceptación de un mal dadas las circunstancias, en pos de obtener un beneficio mayor.

Evidentemente ellos, con un pensamiento marcadamente desiderativo, hacían todo lo posible para interpretar el texto constitucional de modo cristiano, a pesar de la naturaleza liberal-racionalista de la norma, vaciada en el molde de la Constitución de los Estados Unidos de 1787[4].

5.Ataques de la prensa

El periódico catamarqueño El Andino, del 27 de octubre criticó a Esquiú por su sermón de 1875, y destacó maliciosamente que no coincidía con la postura de otro célebre católico argentino, como José Manuel Estrada.

Esquiú le contestó el 31 de octubre reafirmando su posición, y dejando aclarado especialmente dos puntos: 1) el pueblo de Catamarca era católico en su inmensa mayoría, afirmación que se podría extender perfectamente a la nación toda, y 2) por lo tanto sus gobernantes no debían dictar leyes contrarias a los principios cristianos y a la doctrina de la Iglesia. 1787

En cuanto a la posición de Estrada, favorable a tomar como modelo las instituciones de los Estados Unidos, Esquiú señaló que el axioma «La Iglesia libre en el Estado libre», sostenida por los liberales católicos, nos llevaría al ateísmo social como en el país del norte, y recordó la condena pontificia del movimiento, expresada claramente en el Syllabus, que acompañaba la encíclica Quanta Cura de Pio IX.

Este ataque de la prensa catamarqueña se sumaba al más agresivo aun proveniente de la prensa liberal porteña, especialmente el proveniente de los periódicos La Tribuna de los hermanos Varela (Héctor Florencio, Rufino y Luis) y El Nacional, la hoja fundada en 1852 por Dalmacio Vélez Sarsfield, en el que escribieron los personajes públicos más influyentes del momento, Mitre, Sarmiento, entre otros, que tildó a Esquiú de ser un «fraile fanático», y a la «Cruz, el signo eterno del retroceso»

José Manuel Estrada

Fray Mamerto se refirió concretamente al tema

«De los impugnadores de ese discurso el único que tiene el mérito de ser lógico en sus impugnaciones es El Nacional de Buenos Aires, que reprobando ese tema llama a la Cruz, el signo eterno del retroceso (número del 2 de diciembre), pues yo le quedo muy agradecido que esa palabra me haya calificado de fraile fanático. Me ha hecho en esto un verdadero honor»[5].

Sufrió mucho Esquiú este episodio, como lo revela la carta del 15 de enero de 1876 dirigida a su amigo Octavio Benito Amadeo, magistrado judicial y militante católico de la provincia de Buenos Aires.

Amadeo le había enviado al fraile dos ejemplares de La Tribuna de Buenos Aires del 27 y 28 de noviembre de 1875 que arremetían contra Esquiú por retrógrado, pues su pensamiento, decían, contradecía la marcha del mundo marcada por la emancipación del pensamiento.

Además, el diario se burlaba de las costumbres del pueblo catamarqueño, con alusiones a la Virgen del Valle. Por eso Esquiú decidió y así se lo informaba a su amigo porteño, publicar tres sermones dedicados a la patrona de Catamarca en desagravio por los ataques sufridos hacia su persona[6].

A propósito de las críticas de la prensa porteña a las costumbres catamarqueñas Esquiú le decía a Amadeo

«(…) la clase más ignorante, la familia que vive aislada en medio de nuestros desiertos se avergonzaría en materia de supersticiones de la que no se avergüenza la prensa de Buenos Aires y digo la prensa y no el pueblo de Buenos Aires. He aquí la prueba. El Nacional a vuelta de la página en la que llama a la Cruz el signo eterno del retroceso, en la sección de avisos nos da el siguiente. Verdadera adivina. La gran célebre adivina… etc. Tiene un estudio de consultaciones de adivinación en la calle…etc., recibe consultas desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche. Adivina el pasado, presente y porvenir»[7].

Con un fino espíritu de observación, en una carta enviada desde Roma, fray Mamerto subrayaba,

«he visto de paso la actividad de las grandes ciudades y no sé cómo nuestros hombres han llamado industria lo que no es sino un furor casi frenético (…) Se va cumpliendo la obra der la impiedad más refinada y sus golpes de muerte no hacen el menor ruido, es una obra de sabiduría satánica con más la experiencia de dieciocho siglos y la terrible cooperación de nuestra incredulidad práctica».

Esa carta llegó a conocimiento de Alberdi, quién con una visión sesgada y estrecho de miras, reprochó al franciscano su falta de comprensión de la situación, y lo hirió en lo más profundo de su corazón.

«La peor de las pobrezas, decía Alberdi, es la pobreza que vive satisfecha y orgullosa de serlo, la pobreza que hace gala de su debilidad y atraso. Es la pobreza colonial y española, ennoblecida por un cálculo de dominación que eludió siempre la riqueza como poder y como instrumento de independencia. La Iglesia, en su servicio, educó siempre al pueblo en la idea de que el fin del hombre no está en la vida presente, sino en la futura, y que todos los bienes naturales de fortuna son inútiles y peligrosos»[8].

6. En 1880

Cuatro días antes de ser consagrado obispo de Córdoba-en medio de un clima agitado tras la guerra desatada que culminó con la capitalización de la ciudad-fray Mamerto pronunció un sermón en la catedral de Buenos Aires ante la presencia del presidente Roca, el Delegado Apostólico Luigi Matera, y calificada concurrencia.

Habían pasado veintisiete años de aquél sermón en la matriz de Catamarca con motivo de la jura de la Constitución de 1853.

Esquiú saludó la capitalización, y aludió al pedido que las provincias venían haciendo desde hacía tantos años a la ciudad-puerto para que cediera su preeminencia. Pero la deriva institucional del país mostraba los signos descritos por el fraile en los años inmediatamente anteriores.

El proceso de secularización y sus consecuencias sociales, estaban a la vista. Fray Mamerto habló valientemente y muy claro a su auditorio.

«¿Habré de decir por segunda vez Laetamur de gloria vestra? Después de tantas guerras, ya parciales, ya generales que han manchado la sagrada tierra de la ley, después de ver su código servir como de tienda de campaña a pasiones iracundas; después que se están viendo subir y subir siempre las aguas de enormes crímenes, después de tanta apostasía de la fe cristiana y de las causas hoy día subsistentes de mayor y casi universal apostasía de esa misma fe que dio genio y valor a nuestros padres, después de todo eso podré decir una vez más Laetamur de gloria vestra. ¡Ah lejos de mí tan horrible profanación! ¡Antes que insultar a Dios y a los hombres con esa mentira, preferiría como los desterrados de Sión que se paralizara mi mano derecha y que mi lengua se pegara a mi paladar!»

                    Colocado por sobre las pasiones mezquinas de las facciones políticas, y desde una visión teológica, Esquiú analizaba el proceso político en curso dando una gran enseñanza a una sociedad que se estaba construyendo de espaldas al espíritu evangélico.

«Creo que puede asegurarse que, como en el orden religioso, la renuncia de la Fe es una traición y apostasía; así en el orden político es traidor a la patria quien no tiene en cuenta la verdad de la Divina Providencia. Se empequeñece igualmente, y aun desaparece todo patriotismo, y con él la verdadera ciencia política, cuando se considera a la sociedad civil por el solo lado que se presenta a nuestra corta vista, prescindiendo del resto de su vida, de su pasado y del porvenir que le espera. Todos hablamos de progreso social, y apenas hay que no habrá repetido que los pueblos como los individuos tienen su niñez, su adolescencia, su edad viril y aún la decrépita, pero nada de esto podría ser cierto contrayendo la sociedad a un momento dado, a hechos particulares sin relaciones con el pasado y el porvenir. Del mismo modo que para conocer bien a un individuo no bastaría en modo alguno la observación de un solo hecho de su vida, (…) sino que es preciso tener en vista su conducta en general, así también para conocer y hablar exactamente de un pueblo es necesario, señores, considerarlo, no en los hechos particulares, sino en el conjunto de ellos en su marcha general».

Fray Mamerto advirtió sobre el camino que se había tomado, y los efectos sociales dañinos para la sociedad argentina.

«Mis esperanzas se han disipado dejando atormentado mi corazón. Y ese dolor y amargura antes de dos lustros helaron para siempre mi antigua palabra de congratulación. Si después de eso he hablado de política solo ha sido o para exhalar gemidos, o para suplir los defectos de mi ignorancia o entusiasmo juvenil. (…). Cual una virgen en el acto de desposarse tal se presenta la América en el acto de su emancipación (…), pero la tierra, la tierra misma está clamando que se atosigó a la virgen en los mismos días de su desposorio con el veneno de las doctrinas que en 1792 debieron haber hecho escarmentar a la Francia y a todo el mundo cristiano, se la enfrentó echándola por tierra y cubriéndola de la sangre de hermanos».

Cierta prensa porteña nuevamente atacó a Esquiú por esas palabras en la catedral; evidentemente desentonaban con el clima de algarabía y de progreso que dominaba la escena pública, marcada ya por el positivismo. El Anuario Bibliográfico de la República Argentina, dirigido por Alberto Navarro Viola se burló de la postura de fray Mamerto.

Rodolfo Rivarola

«(…) el místico reaparece atribuyendo a la intervención divina los hechos lógicamente encadenados en la evolución de las naciones. Desconoce razones históricas y está lejos de contribuir a su verdadero y genuino carácter a la capitalización de Buenos Aires cuando la interpela».

Sin embargo, diez años después, cuando sobrevino la denominada revolución del noventa, la realidad política mostraría que Esquiú no estaba nada errado con aquellas advertencias.

Y para la época del Centenario, voces no precisamente católicas, denunciaron un cuadro social descompuesto. Joaquín V. González señaló que estábamos dominados por la eterna ley del odio y la discordia[9].

Lo mismo Leopoldo Maupas, Adolfo Posada, Joaquín Rubianes, Lucio V. López, José Benjamín Matienzo, Rodolfo Rivarola[10].

Tiempo antes Miguel Cané (h) reconoció «nuestros padres eran soldados, poetas, artistas, nosotros somos mercachifles y agiotistas».

7. Los principios político-jurídicos

Ahora bien, los principios políticos sobre los cuales Esquiú basó su visión de la vida pública, todos plenamente actuales, lo podemos sintetizar en 1) origen trascendente y cristianamente entendido del poder y de las libertades individuales; 2) consiguiente rechazo a la noción moderna de la soberanía, por su tendencia hacia el despotismo, totalitarismo en términos de hoy; 3) concepción cultural y no política de la nación, fundada en la igualdad esencial del género humano; 4) comprensión de la sociedad como una comunidad, que no reconoce orígenes exclusivamente racionales, sino también religiosos y naturales. La sociedad es una comunidad (si tomamos en cuenta la célebre distinción acuñada por Ferdinand Tönnies entre Gemeinschaft y Gesselschaft), sus vínculos internos no se anudan exclusivamente en torno de convenios, contratos, sino que descansan en actitudes, emociones, de los cuales deriva 4) una sociedad de deberes y sus consiguientes derechos, pues centrase exclusivamente en estos últimos supone una deriva hacia el subjetivismo ético; 5) existe una pluralidad de órdenes sociales, a los que se deben reconocer cierta autonomía; 6) como la realidad social es plural, es importante promover la autonomía, la descentralización, las tradiciones locales, las jerarquías naturales y la subsidiariedad. También Esquiú subrayó 7) la necesidad de fortalecer la sociedad a través de la promoción de los cuerpos sociales básicos (familia, gremios, asociaciones voluntarias de todo tipo) como forma orgánica de limitación del poder 8) rechazo a los personalismos y partidismos y 9) la política no debe subordinarse a la economía, es decir a los intereses económicos-financieros en términos de hoy. 

8. Epílogo

Los poetas ven más allá y por eso se ocuparon dese ocuparon de Esquiú. Leopoldo Lugones le dedicó el poema El Obispo en su Romance de Río Seco. Algunos versos, entresacados del poema lo pintan de cuerpo entero

Pues como que bien portaba

El cordón de San Francisco

Prefería al peón más pobre

Y al rústico más arisco.

Era Hijo de Catamarca,

no es justo que esto se calle,

pues Nuestra Señora y él

son las glorias de aquel Valle.

Juan Oscar Ponferrada, el gran poeta y ensayista, comprovinciano del franciscano, le dedicó el Cántico para su santificación, editado en 1987.

Trece años después de su muerte visitó Córdoba Rubén Darío, y como fruto de la impresión que recibió de las personas que lo trataron escribió el poema En Elogio del Ilmo señor Esquiú. La primera estrofa que resume su pensamiento dice:

Un báculo que era como un tallo de lirios

Una vida en cilicios de adorables martirios

Un blanco horror de Belzebú

Un salterio celeste de vírgenes y santos

Un cáliz de virtudes y una copa de cantos. Tal era Fray Mamerto Esquiú.


[1] Nos alegramos de vuestra gloria (1Mac, 12,12.).

[2] En aquél sermón del 9 de julio de 1853 Esquiú expresó entre otros conceptos: «…, hubo en el siglo pasado la ocurrencia de constituir radical y exclusivamente la soberanía en el pueblo, lo proclamaron, lo dijeron a gritos: el pueblo lo entendió: venid se dijo entonces, recuperemos nuestros derechos usurpados. ¿Con qué autoridad mandan los gobiernos a sus soberanos? Y destruyeron toda autoridad ¡Subieron los verdugos al gobierno: vino el pueblo y los llevó al cadalso! Y el trono de la ley fue el patíbulo…La Francia se empapó en sangre: cayó palpitante, moribunda… ¡Fanáticos!, he ahí el resultado de vuestras teorías (…) toda autoridad viene de Dios, Omnis potestas a Deo ordinata est, y si no es Dios la razón de nuestros deberes no existen ningunos». Con motivo de la toma de Roma por las tropas revolucionarias expresó en el periódico El Cruzado de Bolivia palabras similares: «se diría que los pueblos hispanoamericanos, no menos que su madre la España de hoy tienen por único principio en política la horrible y pueril blasfemia de no reconocer poder alguno superior bajo de ningún respecto, y ni otros derechos que ellos producen de una plumada». González, Mamerto, Fray Mamerto Esquiú…, tomo II, pág. 202.

[3] Ibidem, págs.85 y ss.

[4] Si bien criticaban los contenidos regalistas presentes en el texto constitucional, con un sesgo marcado por el deseo, wishful thinking, dicen los anglosajones, interpretaban a la Constitución como una norma de carácter cristiano. Sánchez Agesta ha subrayado como el racionalismo revolucionario o reformador moderno tiende a configurar el orden social no por un crecimiento o evolución de fuerzas sociales espontáneas, sino por una voluntad operante según criterios ideológicos. «El primado de la voluntad de poder sobre la constitución social, que es uno de los caracteres de nuestro tiempo, ha quebrado el hilo de una tradición histórica forjadora de instituciones, y en cierta manera todo orden constitucional contemporáneo se manifiesta como un proyecto racional de constitución no solo de las instituciones que encarnan el poder político (…) sino de la misma entraña del orden social». Sánchez Agesta, Luis, Derecho constitucional comparado, Madrid, Editora Nacional, 1980, págs.27-28.

[5] Ortiz, Alberto, El padre Esquiú…Córdoba pág. 92.

[6] Esas dos cartas inéditas nos fueron entregadas gentilmente por el nieto Octavio Benito Amadeo, Octavio Amadeo.

[7] Sánchez de Loria, Horacio M., Dos cartas…cit., pág.492.

[8] Ibíd., pág. 187.

[9] González, Joaquín V., El juicio del siglo, Buenos Aires, 1979.

[10] Rubianes, Joaquín, «El retroceso moral de Buenos Aires», Revista Argentina de Ciencias Políticas, tomo IV (1914). Maupas, Leopoldo, «El problema moral argentino»; Adolfo Posada, «La Constitución argentina y el régimen político», Revista Argentina de Ciencias Políticas, tomo IV, (1912). López, Lucio V. Lucio Vicente López en el cincuentenario de su muerte (1894-1944), Buenos Aires, 1944.[10]; Matienzo, José Benjamín, Temas históricas y políticas, Buenos Aires, 1916.[10] Rodolfo Rivarola, «Delitos de funcionarios públicos», Revista Argentina de Ciencias Políticas, tomo I, (1910).