El pórtico de la Catedral de Burgos: Una catequesis viva tallada en piedra (I)

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Por Jesús Ángel Miguel García para La Esperanza

Pórtico del Sarmental de la Catedral de Burgos, Castilla

En toda catedral, basílica, parroquia, convento, monasterio, colegiata, santuario, capilla, oratorio y ermita hay una maravillosa y riquísima iconografía, un lenguaje que todo fiel instruido en la fe puede leer e interpretar, entendiendo el profundo significado y mensaje cuando lo ve, pues sólo se comprende lo que se reconoce. 

La palabra iconografía viene del griego «eikon» (imagen) y «graphein» (escribir, trazar, grabar). El sufijo -ía expresa cualidad. Por ende, se ha de aprender a »leer» cuanto «escrito» o grabado está en todo icono o imagen religiosa, ora pintada, ora tallada.

La catedral es la Iglesia Madre de una diócesis y sede del obispo. Sólo puede haber una en cada diócesis. La catedral está dedicada a la Virgen María (los pináculos de las agujas en la fachada de Santa María están coronados con el nombre de Santa María, a modo de la Coronación de la Virgen María, tras su Asunción). Las iglesias, sin embargo, suelen estar dedicadas a santos, con reliquias de ellos en el altar. La catedral es donde está la cátedra del obispo, la cual simboliza la potestad del obispo para enseñar la fe y administrar su diócesis. ‘Cátedra’ viene de «cathĕdra» en latín, es decir, ‘asiento’ o ‘sede’ del latín «sedes» que también significa asiento. 

Una historia apócrifa, piadosa, con moraleja y que suele relatar este burgalés que escribe, cuenta que en el año de gracia de 1221, el rey San Fernando preguntó a unos canteros de la catedral de Burgos que qué estaban haciendo. «Ganándome el pan», espetó uno. «Un ángel», contestó otro. Y un tercero respondió: «Estoy construyendo el Templo de Dios». Este cuento nos conmina a preguntarnos: ¿Qué tipo de «cantero» quiero ser yo?

Si la catequesis es instrucción oral que entra por los oídos, el arte religioso es catequesis que entra por los ojos. 

Así, por ejemplo, vemos parte del texto y las imágenes que menciona San Juan en el Apocalipsis reflejado en la catedral: «Yo soy el Alfa y la Omega»; «Vi siete candelabros de oro y en medio de los candelabros a un Hijo de hombre» (El «Caeremoniale Episcoporum» (I, XII,11) prescribe que en el altar mayor debe haber seis candeleros y velas); «Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir». Esto recuerda a la solemne apertura de la puerta santa. «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto» (Juan 10,9).

El pórtico del Sarmental, construido alrededor de 1240, muestra lo que narra San Juan en el capítulo 4 del Apocalipsis (‘revelación’ en griego): «Una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz…me decía: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después»…Vi que un trono estaba erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono».

Detalle del tímpano de la puerta del Sarmental

Trono de Rey del universo, con corona y aureola con la cruz, sentado en su trono de Juez y Maestro sujetando el Nuevo Testamento, tradicionalmente abierto por el Apocalipsis o por el Evangelio de San Mateo 11,28: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso». Cristo en Majestad o «Maiestas», bendice con su mano derecha. Iconográficamente, si el Nuevo Testamento que Jesucristo sujeta está cerrado, representa el Pantocrator o el Todopoderoso, el Omnipotente. 

Jesucristo está rodeado por los cuatro Evangelistas, representados de dos formas: primero inclinados sobre sus pupitres redactando los Evangelios y la segunda forma como tetramorfos (el ángel representa a San Mateo, el león a San Marcos, el toro a San Lucas y el águila a San Juan). El Apocalipsis describe a cuatro ángeles zoomorfos que rodean al Pantocrátor. Su disposición separada es artísticamente novedosa. «Delante del trono como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro Vivientes llenos de ojos por delante y por detrás» (Apocalipsis 4,6). Justo por encima de los hombros de Jesucristo hay unas olas de mar sobre las que hay dos ángeles incensando al Señor.

Un parteluz divide el pórtico, cubierto por un dosel sobre el que se efigia al Agnus Dei o Cordero de Dios que dirige su mirada hacia al este (el este es de donde viene Jesucristo y desde donde vendrá en Su segunda venida): «Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundo» (¡He aquí el Cordero de Dios!¡He aquí el que quita los pecados del mundo! (Comunión, Ordinario de la Misa). El Cordero de Dios está directamente posicionado —para indicar la correlación directa— sobre el doselete por encima del obispo, sucesor de los Apóstoles, de pie a la entrada de su iglesia, Templo de Dios, impartiendo la bendición, con el báculo de pastor de la Iglesia y la mitra episcopal. 

A ambos lados de la figura del Obispo, en la puerta de madera, dos emblemas con ramilletes de cinco lirios (cinco eran las llagas de Jesucristo) con una corona que representan la virginidad del María y su coronación por el Señor como Reina del universo tras su Asunción en cuerpo y alma.

La aureola, a modo de corona, simboliza la luz divina («Yo soy la luz del mundo» (Juan 8,12)) y aparece detrás y alrededor de la cabeza de Jesucristo, la Virgen María y los santos. El nimbo cruciforme (círculo en el que se inscribe una cruz de brazos iguales) está reservado a la representación de Jesucristo.

El tímpano hace de mandorla, símbolo de mediación entre el Cielo y la Tierra. «El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y a la cornalina; y un arco iris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda»  (Apocalipsis 4,3).

En la base del pórtico, seis columnas a mano derecha y seis a mano izquierda (doce columnas y doce apóstoles con aureolas y bajo pequeños tímpanos, como representación de mediadores entre el Cielo y la Tierra). 

La decoración vegetal sobre los capitales nos indica que estamos ante la puerta del Paraíso, el Santuario de Dios y la Nueva Jerusalén: «Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la Ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo» (Ap 3,12).

Sobre ellos, una hilera de torres que representa la Nueva Jerusalén, símbolo de la Iglesia, nuestra Madre (Ap 21, 2-3; Gálatas 4,26). En sentido anagógico, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf. Ap 21,1- 22,5). La Catedral es manifestación y representación artística de dicha doctrina católica. 

(Continuará)