El Dios del pesebre apaga la sed que Él mismo crea

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Por Carmelo López-Arias para Religión en Libertad

En la Epifanía del Señor, uno puede imaginar a Beatriz Villacañas depositando como ofrenda ante el pesebre, junto a los presentes de los Reyes Magos, los versos contenidos en Donde nace la sed: “Nos das la permanencia del milagro / y todo lo ancestral, todo lo anciano / ha nacido Contigo / una vez más”.

Ese Niño Dios que se muestra inerme ante los hombres a quienes ha venido a salvar es el que sacia la sed de la poetisa, acurrucada al calor natural y sobrenatural del portal de Belén: “Feliz aquí, feliz junto a mi pena, / piso las huellas de lo permanente, / me humedece de lejos esa Fuente, / la que espera a mi sed, la siempre llena”.

Donde nace la sed (Monte Carmelo) es el poemario con el que la escritora toledana quedó finalista del Premio Fernando Rielo de Poesía Mística 2019. Una bella muestra de la sensibilidad de su autora ante la realidad de Dios, así como de su versatilidad literaria, con versos libres deslumbrantes que compiten con el arte endecasílabo del soneto o el atrevido flamear de la lira.

Pero no es solo sed, es también hambre, “hambre de Tu pan y de Tu vino”, que son “promesa / del renacer fecundo de la uva y la espiga”. La autora mira a lo Alto y confía, y como confía, agradece: “Con estos versos, de corazón, celebro / el manantial que traes para mi sed, todo lo que me das, lo que me has dado“.

¿Y qué Le ha dado Dios? El milagro, uno de los conceptos más reiterados en esta colección, tantas dádivas que damos por supuestas y que quien escribe estos versos sabe gustar y valorar: “Se desmiga la vida en abundancia / de pájaros, de paz, de poesía, / que nutrieron mi fe desde mi infancia: danos, Señor, el pan de cada día“.

La fe de Beatriz Villacañas no es una búsqueda existencialista o postmoderna, que ama el camino sin inquietud por la meta. Es un hallazgo. Eso sí, como es un hallazgo infinito, siempre pide más. Es un anhelo místico en el que el alma se imagina el encuentro con el Amado: “Con los ojos abiertos voy soñando, / no pongo frenos a las fantasías / y así camino por las nuevas vías / junto a una fe que arde mientras ando”, reza la autora en un poema; “Con la mano extendida beso al viento / que me trae Tu perfume a cada hora / anunciando un milagro que presiento”, ora en otro.

Lo que presienten desde el primero al último de estos versos es un Bien tan apetecido como poseído en las primicias, porque nuestro Dios, ese recién nacido de una Madre como nosotros que se pone bajo la autoridad de un padre como nosotros, no se mantiene en perpetua lejanía, dejando vacío el vaso que pide agua, sino que deja caer en él una gota de eternidad tras otra. “Tocando lo infinito en lo pequeño / mi canción hacia Ti se va acercando“, concluye un soneto.

“Qué gran regalo el vuelo, / y sentir que Tu Amor abre el camino / a ver más cerca el cielo, / vislumbrar lo divino, / sentir que el corazón va a su destino”, exulta Beatriz Villacañas con pasión sanjuancruciana, descubriéndonos así que Él no es solo el manantial donde calmar la sed (“su destino”), sino el impulso (“Tu Amor”) y el instrumento (“el vuelo”) para alcanzarlo.

Donde nace la sed es teología con cadencia, oración con métrica y rima. Un obsequio a su destinatario que no desmerece al ser entregado junto al oro, el incienso y la mirra.