Desmontando ‘La Misión’, la película que fomentó la leyenda negra antiespañola

Carlos García Gual: “Arrinconar, menospreciar la cultura clásica es un acto insoportable de barbarie”
9 febrero, 2022
Centenario de Emilio Lamarca
11 febrero, 2022

Por Antonio Flores para El Debate

Según la Real Academia de la Lengua, mixtificación hace referencia al falseamiento de una noticia, historia o relato. Mientras que, por otro lado, La Misión es una impactante y hermosa película protagonizada por Robert de Niro. La película constituyó un innegable acierto. La impactante belleza plástica, apoyada en unos paisajes incomparables, la calidad de la música y las excelentes interpretaciones, contribuyeron a la creación de una verdadera obra de arte, poderosa y convincente. También es impactante el relato, que describe una experiencia humana de expiación que conduce a un verdadero perdón. Un perdón que debe solicitarse a Dios y a los ofendidos, pero que solo culmina cuando uno consigue perdonarse a sí mismo. Como sabiamente explica el Padre Gabriel a un torturado capitán Rodrigo de Mendoza, interpretado por Robert de Niro. Pero junto a su calidad, el film constituye también una profunda y poco evidente mixtificación. Está ambientado en pleno siglo XVIII. En aquel momento, hacía tiempo que las Misiones Jesuíticas del Paraguay habían alcanzado su extraordinaria madurez, hasta el punto de que en 1700 en las reducciones vivían más de 150.000 indios.

De ahí procede la primera falsedad del guion. En 1740 ya no se estaban creando nuevas reducciones. Los padres jesuitas administraban, en nombre de la Corona de España un conjunto humano que crecía de forma vegetativa y porque servía de refugio para los nativos que huían del fronterizo Brasil portugués en los que estaban condenados a una sistemática y durísima esclavización. Por ello la historia de la predicación solitaria del Padre Gabriel, es poco creíble, aunque puede considerarse una aceptable licencia «literaria» porque sus antecesores en algo más de un siglo sí que habían protagonizado aquel tipo de experiencias de riesgo, aventura y martirio. La segunda gran mixtificación contribuye torticeramente a justificar la Leyenda Negra antiespañola. Es más que dudoso que un capitán español, se dedicase a la caza de esclavos en territorio español porque esta práctica estaba férreamente prohibida desde principios del siglo XVI. Al contrario de lo que sucedía en el Imperio Portugués. Es más, la Corona había permitido a partir de 1630 el armamento de los indios guaraníes y su encuadramiento en milicias. Dirigidas por escasos militares profesionales, habían defendido ferozmente las fronteras del Imperio Español en el Cono Sur, afrontado las peligrosas razzias de los esclavistas de Sao Paulo.

Esta contribución de las milicias fue decisiva para la defensa de aquellas lejanas provincias. Su presencia puede seguirse en todos los conflictos en los que participó España durante siglo y medio, no solo en las frondosas florestas del Paraná, sino en la defensa del Río de la Plata, en las sucesivas campañas que afrontaron las fuerzas de nuestro país en tan conflictivos territorios y contra multitud de enemigos.También fue importante su participación en los conflictos internos del Imperio español, particularmente en el control de las revueltas recurrentes de los levantiscos habitantes de Asunción. Las milicias guaraníes debieron acudir en apoyo de la autoridad real, siempre escasa de medios para restaurar el orden.Pero la llegada al poder de los Borbones desvirtuó el significado de las posesiones españolas en América. Con Felipe V y Fernando VI fueron pasando insensiblemente de provincias españolas indisolublemente ligadas al conjunto del Imperio, a un estatuto de colonias de las que se podía prescindir de forma arbitraria conforme a los intereses de la regalista dinastía borbónica.Y así llegamos al meollo de la historia que se cuenta en La Misión.En 1750, el Gobierno de Fernando VI decidió solucionar los conflictos que le enfrentaban con Portugal por el expeditivo sistema de intercambiar algunas posesiones portuguesas de interés comercial por los territorios españoles situados al este del Río Uruguay, en las que se asentaban varias reducciones con más de 30.000 guaraníes. En coherencia con la arbitrariedad borbónica no se contó para nada con el consentimiento de aquellos leales súbditos de la Corona española,por la que habían derramado su sangre en multitud de ocasiones. Tampoco se escuchó la opinión de los jesuitas, ni las protestas de militares y administradores escandalizados ante tan clamorosa traición. Pero el despotismo ilustrado era así.

Se presenta como responsable del desaguisado a un orondo cardenal, que condena a las reducciones a su trágico final. Como si esta decisión hubiera sido una decisión eclesiástica y no un turbio manejo de poder basado en intereses inconfesables. Entre otros los que pretendía satisfacer a la, también oronda, esposa del lamentable Fernando VI, la portuguesa Bárbara de Braganza, agente en Madrid de los objetivos de la corte lusitana. Quizás es la más grave de las mixtificaciones de la película porque sitúa en el deber de la Iglesia de Roma tan evidente arbitrariedad.Pero los guaraníes no iban a aceptar renunciar fácilmente a su condición de súbditos españoles, ni a su libertad, para someterse a una potencia que iba a esclavizarlos. Así que se negaron a someterse a tamaña arbitrariedad. Nunca habían rehusado combatir en defensa de la que consideraban su patria, que ahora les traicionaba y, a regañadientes, decidieron combatir. Lo hicieron con la valentía de siempre, pero les faltaba el encuadramiento y la organización que les habían proporcionado los militares españoles. Tenían poco que hacer ante la ofensiva conjunta de los ejércitos coaligados portugués y español.En la película se percibe la reluctancia de los soldados españoles a abrir fuego contra los que habían sido sus camaradas de armas. En unas escenas llenas de patetismo, es el propio jefe de la columna española el que tiene que disparar contra la procesión que les afronta tras una cruz y un cáliz con el cuerpo de Cristo. Se conservan cartas de oficiales españoles escandalizados por el hecho de que se entregaran poblaciones tan hermosas y bien administradas a un gobierno extranjero. Y otras llenas de vergüenza por atacar a unos hombres y mujeres porque se negaban a dejar de ser españoles. Pero así fue.

La película culmina con otra grave mixtificación, cuando aparecen varios padres jesuitas combatiendo en las filas de los guaraníes contra el ejército español. No se dio ningún caso significativo. Los regentes de las reducciones presentaron su renuncia en bloque, pero no se les aceptó. Manifestaron su disconformidad ante la injusticia pero sin recurrir en ningún caso a las armas. Sin embargo, este hecho se utilizó, de forma falsaria, como argumento para justificar la oprobiosa expulsión de la Compañía de Jesús de las posesiones españolas. Pero ese es otro capítulo de tan lamentable historia. Una historia que merece ser conocida de forma veraz. No solo mediante la hermosa mixtificación que nos describe la película.