Saludo Pascual

Pensamiento económico de Emilio Lamarca
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Música litúrgica pascual
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Aparición de Cristo a los apóstoles con la puerta cerrada (1308-1311), Duccio di Buoninsegna, Museo dell’Opera del Duomo, Siena

Nota de los jefes de redacción de Revista Argentina (Tercera Época): publicamos una nota reciente de Germán Masserdotti publicada en Valores reilgiosos. ¡Muy felices Pascuas!

Unidos a Jesucristo en el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección

La Sagrada Escritura enseña que “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hechos 14, 22). Para la mentalidad mundana, adherida a lo temporal y sin esperanza de lo eterno, resulta absurdo plantear algo semejante. Sin embargo, es la enseñanza que nos ha legado Jesucristo, el Hijo de Dios que habitó entre nosotros (cf. Jn 1, 14). Él, a causa de nuestra salvación, como profesamos en el Credo niceno-constantinopolitano, “bajó del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María la Virgen y se hizo hombre”. Como enseña el apóstol y evangelista san Juan, nos amó “hasta el fin” (Jn 13, 1).

Como afirma san Juan Pablo II en la bula “Aperite portas Redemptori” (6 de enero de 1983): “Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre « en memoria suya » (Cfr. Lc 22, 19; 1Cor 11, 24 s.) y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados (Cfr. Jn 20, 23; 2 Cor 5,18 s.)”.

Jesús no ahorró ni una gota de su Sangre preciosísima a fin de redimirnos. El Viernes Santo lo contemplamos, clavado en la Cruz salvadora, Árbol en el que nos dio la vida.

A propósito de la celebración de la Vigilia Pascual en 2010, afirmó el papa Benedicto XVI: “Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad”.

Como profesamos los cristianos, Jesús resucitó “al tercer día”. Con San Pedro, con María Magdalena, con San Pablo y todos nuestros hermanos cristianos a lo largo de la historia y de la tierra, confesemos, con alegría, que Jesucristo ha resucitado. Porque “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” ( Rom 6, 8).

En estas horas de tribulación para la humanidad, pidamos a Jesús, que padeció, fue crucificado, murió y resucitó por nuestra salvación eterna, que conforte con su gracia a tantas familias que sufren las consecuencias de las guerras. Y que lo haga con el auxilio maternal de María. Así como la Virgen compartió los dolores de su Hijo y también la alegría de su Resurrección, la Iglesia y todos los hombres, purificados mediante el dolor co-redentor, participemos de la alegría cristiana.

* El autor es profesor del Vice-Rectorado de Formación de la USAL.