La nostalgia como denominador común en un concierto de gran jerarquía

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Por Alejandro A. Domínguez Benavides para Revista Argentina (Tercera Época)

Créditos: Liliana Morsia.

Programa:

G. Lekeu – “Las flores pálidas de la memoria” Adagio para cuarteto orquestal.

F. Chopin – Concierto para piano No. 1 en Mi menor Op. 11

J. Brahms – Sinfonnía No. 2 en Re mayor Op. 73

Orchestre Philarmonique Royale de Liège

Director – Gergely Madaras

Piano – Nikolai Luganski

Presentó: Mozarteum Argentino.

Calificación: Excelente

“En cuanto doy alto sentido a lo ordinario, a lo conocido dignidad de desconocido y apariencia infinita a lo finito con todo ello romantizo”. Con estas palabras definía Novalis, de manera cabal en Ich romantiserie, la esencia de lo romántico, dichas palabras se tradujeron en música en el programa ofrecido por la Orchestre Philarmonique Royale de Liège presentada por el Mozarteum Argentino en una nueva elección de indudable jerarquía donde la nostalgia fue el denominador común de las obras interpretadas.

En primer lugar ofrecieron un merecido tributo a Guillaume Lekeu, un compositor poco recordado en nuestras salas de concierto.  Fue parte de los discípulos informales de César Franck , vale decir, aquellos que se formaron fuera del Conservatorio – lo hicieron en colegios o clases particulares-. El carisma de Franck atrajo a muchos jóvenes entre los que se contó su compatriota Lekeu, una joven promesa que aprovechó las postreras enseñanzas de Franck. En esa relación se dio una genuina comunidad con el maestro.

Lekeu murió a los veinticuatro años con fama de prodigio, no son pocos los que han llegado a compararlo con Mozart y Rimbau. Dejó cuarenta obras según el catálogo de P.G Langevin donde está incluida la que escuchamos, inspirada en un verso de George Vanor y dedicada a la memoria de su maestro.  Debussy fue claro, según Laura Novoa, cuando expresó: “César Franck no es francés, es belga. Si hay una escuela belga junto a Franck, Lekeu es uno de sus más destacados representantes”.

Créditos: Liliana Morsia.

El tono elegíaco de “Las flores pálidas de la memoria” Adagio para cuarteto orquestal de Guillaume Lekeu se percibe en la melodía principal, triste, fúnebre y bella fue el pórtico donde se pudo apreciar la calidad interpretativa de los maestros que integran la prestigiosa orquesta belga. Principalmente, en esta obra, las cuerdas lograron ejecutar una conmovedora conjunción donde los violines, violonchelos y contrabajos lograron destacarse en unidad sonora.

Siguiendo en esa línea, la presentación del pianista Nikolai Lugansky (Moscú, 1972) fue una admirable expresión de equilibrio y refinamiento. El concierto N° 1 de Chopin es un genuino representante del romanticismo europeo y que se presta a la desmesura en la que no cayó Lugansky. Al contrario, su interpretación fue serena, impecable la técnica y una mesurada expresividad, alejada del divismo. El protagonismo se lo dejó a la obra de Chopin a la que se ha juzgado equivocadamente, desde los lejanos tiempos de su estreno, como insustancial.

Lugansky en su rol de solista se alejó del tono meloso -en el que suelen caer algunos pianistas- y ofreció una interpretación de calidad y delicadeza, nos basta recordar algunos momentos sublimes: los trinos del Allegro maestoso con que irrumpe el piano, en el primer movimiento, admirable encuentro dialógico con las cuerdas en el Larghetto y la ágil interpretación del Rondo (“allá polaca”) al final.

Estas notas sobresalientes, que señalamos fueron acompañadas por la orquesta dirigida por el maestro Madaras que contribuyó a que la destacada presencia de uno de los pianistas más importantes de nuestro tiempo luciera con mayor esplendor. Lugansky ofreció como bis el Preludio nº7, Op. 23 de Rachmaninov.

Johannes Brahms y su Segunda Sinfonía fue la elegida para concluir el programa. Recuerda Claudia Guzmán, en el programa de mano una carta del 22 de noviembre de 1877 donde el autor le confiaba a su amigo Fritz Simrock que la obra “es tan melancólica que quizá no puedas soportarla, Nunca he escrito algo tan triste y la partitura debe provenir del luto”.

Créditos: Liliana Morsia.

No sabemos qué le habrá comentado su amigo después de escucharla. Lo cierto es que la sinfonía de Brahms, más allá de sus apreciaciones, comienza con un Allegro non troppo donde Madaras le dio el preciso toque bucólico que expresado en una melodía inspirada en un ritmo de vals. Allí los chelos, la flauta traversa, los violines, y las trompas lograron un sonido envolvente, difícil de expresarlo con palabras.  El clima sombrío del Adagio non troppo da la razón a Brahms. No obstante, la tristeza estuvo expresada por los oboes, cornos y flautas que se destacaron sin romper el equilibrio de los violines. Un movimiento de gran lirismo que da paso al tema principal del Allegretto grazioso, que abre las compuertas a la explosión gitana del movimiento final.

Como despedida la Orchestre Philarmonique Royale de Liège interpretó la Danza Hungara n° 5. El Mozarteum Argentino después de cada presentación nos trae el recuerdo de una frase de Goethe: “Las alegrías estéticas nos mantienen en forma mientras casi todo el mundo está sometido a la pasión política”.