La “Canonización poética” de Fray Mamerto Esquiú (II)

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Por Atilio Álvarez (Profesor emérito de la Universidad Católica Argentina) para Revista Argentina (Tercera Época)

Fray Mamerto Esquiú. Antonio Alice (1886, Buenos Aires – 1943, Buenos Aires). Óleo, 1922.

Nota de los editores Revista Argentina (Tercera Época): la primera parte puede leerse aquí.

II.- Esquiú y el devenir político argentino.

Si aquel era el panorama eclesiástico, el de orden político se daba en medio de las dos décadas más violentas de la historia argentina. Después de Caseros, la secesión del Estado de Buenos Aires había provocado las batallas de Cepeda y de Pavón, esta última una “derrota” de la Confederación acordada en las tenidas secretas de las logias.

Fray Mamerto, en su faz de periodista en “El Ambato”, anunció el desastre que se cernía sobre las provincias, con un durísimo epitafio:

Aquí yace la Confederación Argentina-

Murió en edad temprana

a manos de la traición, de la mentira y el miedo.

¡Qué la tierra porteña le sea leve!

Una lágrima y el silencio de la muerte

le consagra un hijo suyo

Fray Mamerto Esquiú           

En un visionario sermón predicado en Catamarca a poco más de un mes de la batalla de Pavón, en preces por la paz, predijo: “Ah, el mal está demasiado adelantado; la cuchilla de muerte está ebria de sangre, y el furor e ira de los hombres suben todavía como un negro torbellino lanzado por el mismo infierno”. Tras ello, Esquiú dejó el país para dirigirse a Tarija, Sucre, Guayaquil y Lima.

Batalla de Pavón (1861), Ignacio Manzoni.

Conoció desde Catamarca, antes de partir, las noticias de la atroz matanza de Cañada de Gómez el 22 de noviembre de ese año, y ya desde Tarija las brutales ejecuciones realizadas después de la batalla de Las Playas, en Córdoba, en junio de 1863. Ambas fueron vergüenzas del ejército mitrista, llamado nacional, bajo mando de jefes colorados uruguayos.

No supo el beato, como la mayoría de los argentinos, los fatídicos designios que ya animaban a los jefes liberales, que avanzaban a sangre y fuego sobre el interior federal. Baste para ello transcribir un párrafo de las cartas a Mitre del “auditor de guerra” del ejército del Gral. Paunero, avanzando sobre Cuyo: “Villanueva, diciembre 11 de 1861. Nuestra campaña está terminada, gracias á la audacia de un guerrillero: Ordoñez[1], que ha llevado el terror de nuestras armas á noventa leguas delante de nosotros. D. F. Sarmiento” [2]

No estaba Fray Mamerto en la Argentina cuando el bárbaro asesinato del Gral. Ángel Vicente Peñaloza, ni durante la feroz guerra de la Triple Alianza, ni en tiempo de las luchas de Felipe Varela o de las revoluciones de López Jordán, ni cuando la asonada de Mitre en 1874.

El llamado a la paz del humilde franciscano no había sido escuchado en absoluto.

Comenzó entonces una larga residencia en Tarija, en el Colegio Apostólico de Misioneros de Propaganda Fidei de su orden, a partir de donde predicó también, por primera vez, en pequeñas parroquias rurales; y luego su estadía en Sucre, en el Seminario de San Cristóbal, donde retomó la cátedra universitaria y el periodismo combativo en el diario “El Cruzado”.

Encontrándose en Sucre fue postulado por el presidente Sarmiento y su ministro Avellaneda a la cabeza de la terna que votó el Senado en agosto de 1872, para suceder al difunto Ms. Escalada en la diócesis de Buenos Aires, anteponiéndolo a Ms. León Federico Aneiros, obispo de Aulón.

En la Buenos Aires siempre localista cundió el rechazo, y Esquiú renunció expresamente a la postulación. Dijo a Ms. Wenceslao Achával OFM, su antiguo maestro y ahora obispo de San Juan de Cuyo: “Aun según los principios del honor humano, villana cosa sería aceptar un ministerio del pueblo, cuando el pueblo mismo lo rechaza. (…) el voto del Senado y el decreto del Sr. Presidente son de suma honra, pero no sostienen en el cargo de obispo sino el voto del clero y del pueblo de la propia diócesis”[3]

Tras ello, para apartarse de los requerimientos políticos, viajó a Guayaquil, vía marítima desde Cobija, entonces puerto boliviano. Ni tenía dinero para pagar el pasaje. Le dieron estipendios de misas a cuenta, y después de recalar unos meses en el puerto ecuatoriano, viajó a Lima, donde vivió humildemente en el convento de los Franciscanos Descalzos, en Rímac.

Nicolás Avellaneda, presidente de la Nación (1868-1874)

Fray Mamerto volvió al país en 1875, y permaneció meses en Catamarca, en un tiempo que fue un paréntesis de paz durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, una vez vencido el intento sedicioso del mitrismo en La Verde y Santa Rosa.

Poco duraría esto. Dos acontecimientos generarían el marco político en el cual se daría, tres años después, el mayor choque armado interno de la historia argentina, en junio de 1880. Estos hechos fueron: por un lado la llamada concertación, a partir del funeral por las víctimas de la dictadura de Rosas[4], de los “partidos conciliados”, unidad de los mitristas vencidos en 1874 con los autonomistas proclives a los intereses portuarios (no así los de las provincias), lo que volvió a posicionar a los mitristas en Buenos Aires; y luego la muerte prematura de Adolfo Alsina, que dejó libre la conducción del Partido Autonomista.

El General Julio Argentino Roca tomó ese liderazgo vacante. Los mitristas y los autonomistas conciliados de Buenos Aires, urdieron el nuevo levantamiento de la provincia, en alianza con Corrientes firmada por Mitre como plenipotenciario, y cerraron filas en torno al gobernador Carlos Tejedor y su candidatura presidencial. El resultado fue la violenta confrontación civil de junio de 1880, que costó más de 3000 vidas.

En tanto Fray Mamerto viajaba a Tierra Santa, con la ayuda económica de su hermano Odorico para los primeros tramos. Partió en febrero de 1876 por Córdoba-Rosario, embarcando allí vía Montevideo para eludir Buenos Aires. Lo hizo junto con el vicecomisario para Tierra Santa, fray Daniel Gregori. Llevaba en custodia un niño, Luisito Panicia, para reintegrarlo a su madre en Nápoles.

Los Dres. Simón de Iriondo y Bernardo de Irigoyen, los ministros “federales” del gabinete Avellaneda, le costearon el pasaje a Europa en primera clase, en el vapor “Savoia”. Por tren desde Marsella llegó a Roma el 28 de abril y entregó las limosnas reunidas en monedas de oro destinadas al Papado, y dos chalinas de vicuña. Conoció al anciano Pío IX en audiencia general del 31 de mayo y tras ello fue recibido en audiencia privada.

Vapor Tomasso di Savoia

El viaje a Alejandría desde Nápoles lo llevó a Tierra Santa, y allí la experiencia espiritual lo preparará para la final etapa episcopal de su vida. Sus hermanos en religión lo eligieron para predicar el sermón de Viernes Santo de 1877 en el Santo Sepulcro.

Volvió a Roma, donde se encontraba a inicios de 1878, cuando la muerte en un mes de Victorio Emanuel II y de Pío IX, y la rápida elección de León XIII, que sería el pontífice que lo investiría como obispo dos años después.

Esquiú estaba de regreso al país en mayo de ese año, después de su fecundo viaje a Tierra Santa y a Roma. Pasó apenas diez días en Buenos Aires y otros tanto en el convento franciscano de San Lorenzo, donde se alojaba cuando llegaba a Rosario, y volvió a Catamarca.

Muerto en agosto en el pueblo de Guandacol el obispo de Córdoba Ms. Manuel Álvarez, durante una visita pastoral a La Rioja, la postulación de Esquiú a la vacante sede por parte del presidente Avellaneda, católico convencido, era un hecho. Con inusitada rapidez, el 12 de septiembre de 1878 el Senado lo votó como primero en la terna a proponer a la Santa Sede.

Monseñor Manuel Eduardo Álvarez, Obispo de Córdoba (1876-1878)

No era ajeno a esta decisión política el particular aprecio que le tenía el presidente después de haberlo escuchado predicar en la consagración de la iglesia matriz, después catedral, de San Miguel de Tucumán el 20 de febrero de 1856. El franciscano no había cumplido entonces treinta años, y el futuro presidente Avellaneda era un estudiante de diecinueve.

Esquiú rechazó firmemente la nueva nominación, pero en diciembre de 1879 fue llamado a Buenos Aires por el legado apostólico Ms. Ángelo Di Pietro, quien le comunicó la voluntad del Santo Padre sobre su nombramiento. Recién entonces aceptó la designación episcopal.

Regresó de inmediato a Catamarca sin detenerse en Córdoba, en el ferrocarril Central Argentino, que en la estación de San Pedro de Guasayán combinaba con las mensajerías que se dirigían a San Fernando

Fue entonces, a principios de enero de 1880, que se dio el episodio que relatará Lugones en su poema. La bula de institución canónica fue de febrero de 1880, o sea que Fray Mamerto en ese momento no estaba designado, ni ordenado obispo, sino solo propuesto a la cabeza de una terna por el Gobierno Argentino

Su viaje a Salta, con estadía en Tucumán al regreso en septiembre lo libró de estar inmerso en los acontecimientos del luctuoso invierno porteño, cuando se definió en las gloriosas jornadas del 21 al 23 de junio la federalización de la ciudad de Buenos Aires contra la revolución de Tejedor y Mitre, el jefe de la Defensa que una vez más rindió sus armas

Desde Catamarca regresó Fray Mamerto a Buenos Aires por la vía habitual: mensajería hasta San Pedro de Guasayán, de allí en tren a Córdoba y Rosario, para hospedarse en el convento de San Lorenzo, y luego viaje por el rio hasta la Capital Federal, donde el 12 de octubre Roca había asumido la presidencia.

Allí le encomendaron -que no a Ms. Aneiros- el Discurso Patrio del 8 de diciembre de 1880, para celebrar la federalización de Buenos Aires, y lo hizo en una pieza histórica, que merece ser releída con atención en tiempos en que arrecia la tendencia a deshacer lo logrado con tanto sufrimiento y sangre.

El 12 de diciembre Fray Mamerto Esquiú fue consagrado obispo en el templo de San Francisco, no en la catedral porteña, por Monseñor León Federico Aneiros, en presencia del internuncio apostólico Ms. Luis Matera, del canónigo capitular de Córdoba, Ms. Jerónimo Clara, y el Deán de la Catedral de Buenos Aires, Ms. Patricio Dillon[5].Los próximos años no serían gratos para ninguno de ellos.

El gobierno estuvo representado por el Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Dr. Bernardo de Irigoyen. Estuvo también presente el interventor federal de la provincia de Buenos Aires, Dr. Juan José Romero y su ministro de Hacienda Dr. Mariano De María, luego prohombre del radicalismo y del Partido Demócrata Progresista.

Los padrinos laicos, de la comunidad, fueron los importantes hacendados Carlos Guerrero y José Portugués, caballeros de la orden pontificia de San Gregorio Magno[6].

Resultaba claro que Esquiú contaba, sin habérselo propuesto, con el favor de los políticos autonomistas del interior, que lo sabían un hombre de las provincias, un fiel defensor de la Confederación, y de los autonomistas de Buenos Aires, nimbado por el prestigio de su famoso sermón de 1853

Eso lo llevó al episcopado, en la confusa situación política de esas décadas.

La admiración de los católicos porteños: Félix Frías, Pedro Goyena, Emilio Lamarca, Tristán Achával Rodríguez, Miguel Navarro Viola, Apolinario Casabal, José Manuel y Santiago de Estrada, le sumó otro fuerte grupo de apoyo en una sociedad dividida por las actitudes religiosas.

Luego, la presencia en el Gabinete de Roca del canciller Bernardo de Irigoyen, y sobre todo la del primer ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, el Dr. Manuel Pizarro, ferviente católico cordobés, gran defensor de la federalización de Buenos Aires, y verdadero organizador de la Justicia Nacional de la Capital Federal, también coadyuvaron a las buenas relaciones entre Esquiú y esa primera etapa del roquismo, hasta el cambio de gabinete de febrero de 1882, crudamente laicista, que fue el origen de los conflictos posteriores.

El 16 de enero de 1881 Fray Mamerto Esquiú asumió la sede de Córdoba, que regirá apenas dos años. Tuvo que dedicar el primer año a la organización de la curia y a resolver problemas locales, entre ellos la designación de los profesores de la creada Facultad de Teología de la Universidad, enojosa cuestión en un ámbito de antiguas actitudes regalistas. Si bien el gobierno nacional sostuvo las facultades del Consejo Universitario para designar a los profesores, los nombrados por el obispo continuaron de hecho en funciones, en un aceptable modus vivendi.

La cobertura de vacantes en el Cabildo Eclesiástico, que el obispo quería hacer convocando a concurso, fue también una áspera cuestión por la cual Esquiú volvió en junio a la Capital Federal a entrevistarse con el Ministro Manuel Pizarro y con el mismo Presidente Roca, que lo apoyaron en esa tesitura.

Recién en octubre pudo hacer su primera visita pastoral, que fue por veinte días a la ya pujante Villa de Nuestra Señora de la Concepción del Río IV.

El domingo 2, desde las siete de la mañana, viajó en tren, en segunda clase. Lo recibió el párroco, el padre Quirico Porreca, y el jefe de la guarnición, entonces todavía coronel mayor Eduardo Racedo, el entrerriano vencedor de los sediciosos porteños en Puente Alsina, quien le pidió que bendijera las tropas nacionales formadas en honor del obispo.  Los otros agotadores viajes de Fray Mamerto, acompañado siempre por su secretario o familiar el recién ordenado Juan Carlos Borques[7], que los relata en sus “Reminiscencias”, los recordaremos con Leopoldo Lugones en los Romances del Río Seco.


[1] Se trata del Cnel. Victorino Ordoñez, de tradicional familia cordobesa, estanciero en La Carlota. Ferviente unitario y luego mitrista, pese a los antecedentes federales de la familia Ordoñez Villada, después de Pavón tomó Rio IV y avanzó sobre San José del Morro y San Luis, como jefe de vanguardia de Paunero, quien como Sarmiento también lo alaba ante Mitre. Murió defendiendo su estancia Buena Esperanza contra un malón en 1864 

[2] Archivo del Gral. Mitre. Biblioteca de LA Nación. 1912, Pacificación y Reorganización Nacional. tomo XII, pág. 89

[3] “La Prensa” en Buenos Aires y “La Capital” en Rosario, entre otros, alabaron en humilde gesto. “La Nación” solo publicó la renuncia.

[4] Cuando llegó a Buenos Aires la noticia del fallecimiento de D. Juan Manuel de Rosas, el 14 de marzo de 1877, sus parientes invitaron a una misa en San Ignacio para el 24 de abril. El solo anuncio del acto religioso privado provocó el estallido de los ex unitarios, entonces ya proclamados liberales, que convocaron para el mismo día en la Catedral a lo que llamaron un “Funeral por las víctimas de la tiranía”. Allí se reencontraron mitristas y alsinistas y se abrazaron sus jefes. El 7 de octubre de 1877 se celebró un multitudinario acto en la Plaza de Mayo, primera vez con tablado frente a la estatua de Belgrano, en el cual se le reintegró el grado militar a Mitre, condenado por consejo de guerra por la sedición de 1874. El Congreso dictó una amnistía. En el secreto de las logias se había superado el efecto del fracaso de la intentona de Mitre.

[5] Patrick Joseph Dillon era un sacerdote irlandés, de la noble región de Galway, ordenado con expreso designio de colaborar con el padre Anthony Fahy en la atención de la inmigración de ese origen. Vino a Buenos Aires a los 24 años. Fue asesor de Ms. Escalada en el Concilio Vaticano I, creador del diario “Southern Cross”, y del colegio St. George´s. Partidario de la federalización de Buenos Aires en 1880, fue senador por el partido autonomista. Regresó a Irlanda tras el fracaso de un proyecto inmigratorio. Allá murió a los 47 años en 1889.

[6] Carlos Guerrero, de origen español, era el padre de la asesinada Felicitas y donante a la Iglesia de la monumental capilla de Barracas. Fortísimo hacendado, fue el introductor de los Aberdeen Angus en Argentina. Don José Portugués, estanciero pionero en Las Flores, Saladillo y Gral. Alvear, con gran fortuna y vínculos políticos con el autonomismo, fue quien habló después del almuerzo. Ambos “padrinos” habían querido solventar un gran banquete en un hotel de lujo, pero Esquiú solo permitió un almuerzo de 120 personas en el convento, con el menú habitual de los días sábados al que agregaron un plato de carne. Pidió que lo presupuestado en más fuera destinado a los pobres.

[7] El R.P. Juan Carlos Borques, nacido en Montevideo en 1858, y alumno del Colegio de la Inmaculada de Santa Fe, fue enviado por Ms. Gelabert a Córdoba para formarse con Esquiú, quien lo alojó en la casa episcopal y lo ordenó en 1882. Párroco de La Merced en Buenos Aires y muchos años de Gualeguaychú, murió en 1931, dejándonos su obra “Reminiscencias” publicada en Paraná en 1928, con hermosos relatos sobre ese breve tiempo vivido con el beato.